—Si ya lo dijo el señor Camilo, entonces desquítate —le dijo Cecilia—. ¿No traías atorado el coraje? El que te la hizo, que la pague.
—¿Yo… de verdad puedo? —Benjamín seguía sin creerlo.
—Sí. Ve. Aquí estoy yo. No se van a pasar de listos.
Con ese empujón, Benjamín se lanzó y lo primero que hizo fue agarrar a Ignacio.
Le soltó varias cachetadas, con toda la rabia.
—¡Para que aprendas! ¡Para que aprendas!
Ignacio quedó todo atarantado, sin entender nada.
—¡Federico… Federico, ayúdame!
Federico seguía con la cabeza gacha en el suelo, frente a Camilo, sin atreverse ni a moverse. Él mismo estaba a punto de tronar.
A Ignacio le cayeron más cachetadas y todavía le soltaron un par de patadas.
Y a los demás, incluido Federico, que habían molestado a Benjamín el día anterior, Benjamín también se las regresó una por una.
Al final, terminó agotado.
—Ya… ya me cansé —dijo, mirando a Cecilia.
Camilo, con las manos detrás de la espalda, le echó una mirada fría a Federico.
—¿Ya oíste? Si ya se cansó, ¿qué esperas para pedir perdón? ¿O también te lo tengo que explicar?
—Sí, sí, sí…
Federico se arrastró hasta Benjamín y se tiró al piso frente a él, como perro apaleado.
—Benjamín, perdón… fue mi culpa. Me pasé. Perdón… me sentí muy chingón y te falté al respeto.
Ignacio, al ver a Federico así, por fin entendió que se habían metido con quien no debían.
En toda la sala, los tipos empezaron a rogarle a Benjamín.
—Benjamín, ¿los vas a perdonar? —preguntó Camilo.
—¡No! ¡No los voy a perdonar! —Benjamín contestó, furioso.
Ignacio siempre se juntaba con Federico para molestarlo. No era la primera vez. Nomás porque su familia no tenía lana, lo veían como blanco fácil.
Aunque ya se había desquitado, no quería perdonarlos.



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