La señora Ledesma se quedó con los ojos enrojecidos. Miró a su hija, incapaz de creerlo.
—¿Tú… tú me guardas rencor! ¡Apenas vuelves y ya me odias! Claudia, todo esto lo hago por tu bien. Estos días que estuviste fuera, estuve muy preocupada por ti…
—¿Preocupada por mí? ¿Y por qué? Si de verdad pensaras en mí, ¡deberías pelear por lo nuestro! No quedarte ahí mientras esas dos te pasan por encima. ¡Mírate, toda dejada! ¡Me da un coraje!
La señora Ledesma rompió en llanto.
—Claudia, ¿para qué pelear con ellas? Ahorita tenemos qué comer, qué vestir, y nadie te anda controlando. ¿No está bien así? El poder y el dinero… al final lo material va y viene.
Eso solo hizo que Claudia se encendiera más.
—¡Ya, cállate! ¡No digas más! Eres así, por eso estás como estás. Te lo digo de una vez: ¡yo no tengo una madre como tú! ¡Me das asco!
—Cuando mis abuelos todavía vivían, ¡éramos alguien! Tú eras respetada, eras la señora de la casa, con la frente en alto. Y mírate ahora… El que sabe, sabe que eres la esposa legítima de mi papá. Pero el que no, pensaría que las que mandan son Zoe Lamas de Rivas y Ainhoa Estévez de Rivas. ¿Y tú? Tú pareces la sirvienta. ¡Nadie te respeta! —gritó Claudia, fuera de sí.
A la señora Ledesma el golpe le cayó de lleno. Se tambaleó un par de pasos.
Por suerte, Dalila alcanzó a sostenerla.
—Señorita Claudia, ya no le siga… La señora está delicada, usted lo sabe —dijo Dalila.
—¡Pues se lo merece!
La señora Ledesma se llevó la mano al corazón, le faltaba el aire por la angustia.
—Señora, vámonos —dijo Dalila, y la ayudó a retirarse.
Al verla limpiarse las lágrimas a escondidas, Dalila se preocupó todavía más.
—Señora, la señorita Claudia dijo eso por coraje. Hoy le fue mal afuera… normalmente no es así —intentó consolarla.
—Dalila, ya no digas… Yo mejor que nadie conozco a Claudia. Se desahoga y se le pasa… Y esto… esto también es lo que piensa… —tosió—. Cof, cof…
Mientras hablaba, la tos le dio fuerte, y también le empezó a doler la cabeza.
—Señora, voy por el doctor —dijo Dalila, apurada, y salió corriendo.
Ya era de noche. Cuando por fin llegó el médico, el dolor de cabeza de la señora Ledesma se calmó un poco.
Cuando Dalila vio que se había quedado dormida, cerró la puerta con cuidado.

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