—Nada te parece, ¿verdad? —Sebastián ya estaba harto—. Aunque sea edición limitada, todo tiene un precio. Tú dime cuánto y te lo pagamos.
—¿Dinero? —La mujer se rio—. A mí lo que me sobra es dinero. Con dinero te puedo aplastar. Yo no quiero tu “pago”, quiero el zapato. Me lo arruinaron, me lo reponen. Quiero uno igualito. Nuevo. Nada de pirata ni usado.
Saúl ya no aguantó.
—Eso que estás pidiendo es un abuso.
La mujer volvió a mirar a Saúl.
—¿Y a ti qué? Te recomiendo que no te metas.
—¿Sabes quién es él? —soltó Sebastián—. Es el director de Grupo Rivas. ¿Así le hablas?
—¿Director de Grupo Rivas? —La mujer sonrió, burlona—. A otros les dará miedo. A mí no. ¿Director? Para mí no eres nadie, Saúl. Eres de segunda.
Cecilia se quedó todavía más intrigada.
Ni a Saúl le tenía respeto… y hasta lo insultaba en la cara.
¿Quién era esa mujer, para hablar así?
—Ya, basta —dijo Cecilia, firme—. Te voy a reponer los zapatos. Dame tu número. Mañana mismo alguien te los entrega.
La mujer soltó una carcajada.
—¿Tú? No digas tonterías. Ni él —señaló a Saúl con la mirada— puede conseguir ese par, ¿y tú sí?
—Entonces, ¿qué quieres? Ya quedó marcado. ¡Ya suéltalo!
—¿Tú quién te crees? —La mujer se encendió—. Hoy, yo quiero que ella se humille y me los limpie.

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