Luego ella y Santiago se fueron.
—¿Papá, estás bien? —preguntó Cecilia.
—Estoy bien, Cici. ¿Tú por qué viniste?
—Me dijeron que hubo problemas en la empresa y vine a ver.
Thiago suspiró.
—Son cosas menores. No te preocupes; yo lo voy a resolver.
Pero Cecilia sentía que no era tan simple.
Pensaba investigarlo por su cuenta.
Al rato, Thiago recibió la llamada de la abuela: le ordenó ir a la mansión.
—Cici, tengo que ir a ver a tu abuela. Seguro está furiosa.
—Voy contigo. Si se ponen pesados contigo, pues ni modo: renunciamos. En la casa ya no dependemos de ese trabajo.
—Está bien —asintió Thiago.
Padre e hija fueron a la casa de los Galindo.
Ahí, Isabel y Santiago seguían echándole leña al fuego.
—Abuela, ya ve cómo están las cosas. Fue por mala administración de mi tío. ¡Se murió gente!
—Sí, abuela. La verdad mi tío no da el ancho. Cuando mi papá estaba al frente, a lo mejor no había tantos resultados como ahora, pero tampoco se llegaba a esto. Y quién sabe cuánto va a costar lo de las indemnizaciones.
Facundo también fingió suspirar.
—Sí, mamá… esta vez Thiago sí se descuidó.
La abuela tenía el rostro desencajado del coraje.
—¿Y Thiago? ¿Por qué no llega?
—Señora, ya llegó el señor —avisó el mayordomo.

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