Cecilia y Mónica se acercaron también. Cecilia ayudó a Teresa a ponerse de pie.
—Cici…
—Tranquila, aquí estoy —le susurró Cecilia.
El gerente miró a Noa de arriba abajo.
—A la gente sin educación, efectivamente, hay que sacarla. Ustedes dos: fuera. Aquí no son bienvenidos.
Ismael se encendió. En su vida lo habían corrido.
—¿Y por qué? —reclamó.
—Porque yo lo digo —intervino Mónica.
Noa explotó.
—¿Y tú quién te crees que…?
—Cállate —la cortó Ismael.
Noa lo miró, confundida. Ismael se dio la vuelta y se fue.
—¡Señor Salinas, espéreme! ¡Señor Salinas! —Noa corrió tras él.
Ya afuera, Ismael la vio y soltó:
—Qué mala suerte.
—¿Por qué te saliste? Tenías que ponerlas en su lugar. Nosotros somos los de “clase”, ¿no? —Noa no entendía.
Ismael la miró como si le diera flojera.
—¿Estás tonta o qué? La de ahorita es la señorita Fonseca.
Ni los Salinas ni los Valdés se podían meter con esa familia.
—¿Y qué? Yo también soy señorita —se defendió Noa.
Ismael la veía cada vez con más asco.
—Ese hotel es de su familia. ¿Ya entendiste o te lo dibujo?
Noa se quedó muda.
Así que el hotel era de esa mujer.
Con razón, en cuanto Mónica habló, Ismael ni pío… y se fue.
Era su territorio.
Al ver a Noa sin palabras, Ismael la despreció más.

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