—Director Reyes, si me paga los veinte millones que faltan, yo dejo de molestarlo. Hay que tener palabra. Si usted no paga, ¿quién va a querer hacer negocios con usted?
—Ya, ya, ya. ¿No son veinte millones? En unos días le digo a mi gente que te haga la transferencia. No estés estorbando aquí. Lárgate —dijo, espantándola con la mano.
Mónica no se movió; dio un paso más.
—Eso me lo dice siempre. ¿Cree que todavía le voy a creer? Pague y ya quedamos en paz.
Reyes la vio bien y le entró la calentura.
Levantó una copa.
—¿Quieres tu dinero? Va. Pero hoy me vas a acompañar a tomar a gusto, y te pago.
Mónica agarró la copa, lista para beber, pero Zacarías se la quitó de la mano.
—Esa me la tomo yo. Director Reyes, si quiere jugar a eso, conmigo. Entre hombres. ¿Qué chiste tiene querer aprovecharse de una mujer?
Reyes lo miró con desprecio.
—Mocoso, no te quieras hacer el valiente. Esto es licor pesado.
Zacarías sonrió apenas.
—Usted nomás diga si se anima.
—Eso —se metieron los otros—. ¡Director Reyes, enséñale quién manda! ¡A ver si muy gallito!
Reyes era famoso por su aguante: decían que podía tomar toda la noche sin caerse.
De joven, había subido en la empresa a pura peda.
Con una sonrisa soberbia, agarró dos vasos grandes, destapó una botella de whisky y los llenó hasta el tope.
Hizo un gesto.
—¿O qué?
Zacarías levantó el vaso y se lo tomó de un jalón, como si fuera agua.

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