Más de diez hombres vestidos de negro rodearon a Cecilia, ¡listos para atacar en cualquier momento!
—¡Atáquenla! ¡Péguenle hasta que no pueda más! —ordenó Claudia.
Los hombres se abalanzaron sobre ella, y en los ojos de Cecilia brilló una mirada que cortaba como cuchillo.
Empezó a pelear contra ellos a mano limpia.
Sus movimientos eran muy ágiles, esquivando y colándose entre la decena de hombres.
Sus golpes eran despiadados, acertando en los puntos vitales.
En poco tiempo, los hombres terminaron tirados por todo el suelo.
Al ver esto, ¡Claudia entró en pánico!
Había escuchado a Ismael mencionar que Cecilia sabía defenderse, pero creyó que solo sabía un par de trucos básicos.
Resultó que ella sola había derribado a más de diez personas.
Ahora sí estaba aterrada.
Cuando quiso salir corriendo, Cecilia se acercó a toda velocidad y la agarró del cuello.
—Suél... suéltame... déjame ir, Cecilia... Esta es mi casa, si te atreves a tocarme... tampoco vas a salir de aquí...
Claudia tenía la garganta apretada y le costaba mucho trabajo respirar.
—Te lo advierto, Claudia. Yo no quería meterme contigo, tú fuiste quien me provocó. Incluso si te mato hoy, podría escapar de aquí. He hecho cosas mucho más peligrosas, deshacerme de alguien como tú no es nada.
Al terminar de hablar, Cecilia esbozó una sonrisa despiadada y apretó con más fuerza.
Claudia abrió los ojos de par en par, sentía que se quedaba sin aire. ¡Iba a morir!
Quería gritar por ayuda, ¡pero no le salía la voz!
¡Pum!
La puerta se abrió de golpe. Valeria y Dalila estaban paradas en la entrada.
Al ver la escena, Valeria se llevó un tremendo susto.
—¡Cecilia! ¡Cecilia, te lo ruego, suelta a Claudia! ¡Es la única hija que tengo! ¡Te lo suplico, las cosas se pueden hablar, no la mates! ¡Por favor!
Hacía un rato, a Dalila le había parecido todo muy raro y decidió contarle a Valeria sobre la trampa que Claudia le había puesto a Cecilia.
Por eso Valeria llegó justo a tiempo, de lo contrario, Claudia realmente habría muerto.
—¡No voy a humillarme! ¡Prefiero morirme antes que rebajarme! —gritó Claudia como loca, y luego intentó salir de la habitación.
Pero Cecilia le cortó el paso con el brazo.
—¿Qué haces? ¡Quítate! —le gritó Claudia.
—Por respeto a la señora Ledesma, te la paso esta vez. Pero si vuelves a buscarte problemas, ¡no habrá una segunda oportunidad!
Al ver la mirada fulminante de Cecilia, Claudia se llenó de terror.
Aún tenía el susto en el cuerpo y sabía que Cecilia no hablaba por hablar.
—¿Qué... qué quieres? ¡Si esperas que te pida perdón, no lo voy a hacer!
—No necesito tus disculpas. Pero ya que armaste todo este teatrito para traerme hasta aquí, al menos dame una razón. ¿Por qué lo hiciste?

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