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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 833

—¡Leticia, tu papá es un pan de Dios!

—¡Sí! Yo pensaba que los presidentes de las empresas eran tipos fríos y enojones, pero él es súper accesible.

—Hasta nos sonrió y asintió al vernos. ¡Híjole, qué envidia! ¡Eres súper afortunada de tener un papá así!

Todos rodeaban a Leticia, llenándola de halagos.

Ella solo podía asentir, muerta de la vergüenza.

Muy en el fondo, sentía un nudo en el estómago.

«¡Ojalá Damián fuera mi verdadero padre!», pensó con amargura.

***

—¡Ay, qué coraje! ¡Me va a dar un infarto del coraje! ¡Mi papá perdió la cabeza! —exclamó Mónica, a punto de hacer un berrinche.

¡Plaf!

Matías se soltó una bofetada con todas sus fuerzas.

—¡Señorita Mónica, perdóneme la vida! ¡Todo esto es culpa mía! —dijo Matías, lleno de remordimiento.

Al ver cómo se castigaba de esa manera, Mónica se asustó.

—Señor Herrera, no... por favor, no haga eso...

En ese momento, Damián se acercó a ellos.

—Presidente, le ruego me disculpe —dijo Matías, quien entendía perfectamente la situación.

»Y no te hablo solo de las veces que arriesgó su pellejo por mí, sino de cómo ha mantenido al Grupo Fonseca impecable todos estos años. ¿O ya te olvidaste de cuando eras niña y por andar de traviesa te topaste con aquel rottweiler rabioso que se había escapado? El perro se te fue encima, y fue el señor Herrera quien te cubrió con su propio cuerpo para que salieras ilesa. A él le arrancaron pedazos de carne a mordidas, quedó bañado en sangre. ¿Acaso ya lo borraste de tu memoria?

»Leticia es su hija. La muchacha acaba de mudarse a la ciudad y, sí, está un poco cegada por la vanidad. Pero si la desenmascaraba en ese momento, la iba a hundir frente a todos. Es una joven orgullosa; una humillación así la habría dejado marcada de por vida. Si, Dios no lo quiera, hubiera cometido una locura por la vergüenza, ¿cómo iba a ver a la cara al señor Herrera? Perder a su única hija a su edad... ¿crees que podría soportar ese golpe?

»Pude notar la vergüenza y la culpa en la mirada del señor Herrera. A fin de cuentas, a nosotros no nos afecta en nada. Hazme el favor de no hacer un coraje por esto. Si tienen diferencias, arréglenlas en privado. Ya hablaré con el señor Herrera para que corrija la actitud de Leticia. Ándale, mi niña, ¿entiendes lo que te pido?

Las palabras de Damián cayeron como balde de agua fría sobre Mónica, haciéndola entrar en razón.

Los recuerdos de su infancia volvieron a su mente con total claridad.

Aquella vez, cuando el perro rabioso se le echó encima, ella era tan pequeña que el animal fácilmente le habría destrozado el cuello de una mordida.

Pero el señor Herrera la protegió con su vida, envolviéndola entre sus brazos.

Cuando él estaba convaleciente en el hospital, el propio Damián la había llevado para que le agradeciera de rodillas junto a su cama.

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