Al poco rato, una figura conocida entró a la habitación.
—Cecilia, me avisaron que despertaste. ¿Te sientes mejor?
—¡Señora Ledesma! —Cecilia no podía ocultar su asombro.
¡Resultaba que Valeria era quien la había rescatado!
Valeria le habló con un tono muy dulce:
—Tranquila, no te alteres. Ya estamos en Ciudad de San Martín. Tus heridas fueron muy graves, así que tienes que descansar para recuperarte.
—Señora Ledesma... ¿qué hago aquí? —preguntó Cecilia, todavía confundida.
—Fue una casualidad. Fui a Estados de Arrecife a visitar a un viejo conocido y, de la nada, me topé contigo en el camino, así que te traje conmigo. Esa gente no se andaba con juegos; hasta mataron a dos de mis guardias. Después de eso, contraté a un equipo médico para que te estabilizara y te traje de vuelta al país. Dejarte allá era muy arriesgado, no quería que te pasara nada peor.
Efectivamente, había sido Valeria quien le salvó la vida.
—Muchas gracias, señora Ledesma. Me salvó la vida, de verdad no sé cómo pagarle. Si alguna vez necesita algo de mí, no dude en pedirlo —agradeció Cecilia con sinceridad.
—Cuando necesite cobrarme el favor, te lo diré. Ahorita lo principal es que sanes. Ay, muchacha, quién sabe en qué problemas te metiste para terminar así de mal, y hasta allá en Estados de Arrecife. Menos mal que me cruzaste, si no, imagínate cómo habrías acabado.
Su voz era tan reconfortante que logró calmar a Cecilia.
—Señora Ledesma, sé que es mucho pedir, pero... ¿podría ayudarme a contactar a Saúl? Ya llevo varios días desaparecida, seguro se está volviendo loco.
—Yo le aviso a Saúl, tú no te estreses por eso. Lo primero es tu salud, llevas días inconsciente. Por cierto, ya puse a mi gente a investigar a los que te atacaron allá. Apenas sepa algo, te lo comento.
—Gracias de nuevo —respondió Cecilia.
Pasó una semana entera acostada en esa cama, pero la fuerza no regresaba a su cuerpo.


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