Por la noche, Valeria y Dalila entraron a echar un vistazo. Al no notar nada raro, se retiraron.
Esa noche, Cecilia tendría que compartir nuevamente la habitación con Leandro.
En la madrugada, Cecilia sintió que alguien la abrazaba y dio un respingo.
Sin embargo, al percibir un aroma conocido, bajó la guardia.
—¿Saúl?
—Cici, vámonos. ¡Te sacaré de aquí! —susurró Saúl.
De repente, la luz del cuarto se encendió. Leandro los estaba observando.
—¿Qué pasa? ¿Entras a mi habitación para robarte a mi esposa? ¿No crees que te estás pasando de la raya? —espetó Leandro con severidad.
Saúl miró a Leandro y le devolvió la pregunta:
—¿Por fin dejaste de fingir?
—Saúl, si quieres llevarte a alguien, primero tendrías que pedirme permiso. ¡Ella ya está casada conmigo y ya consumamos el matrimonio! ¡Muy pronto estará esperando un hijo mío! —afirmó Leandro.
—¡Leandro, qué estupideces estás diciendo! —exclamó Cecilia, furiosa.
Saúl no aguantó más. Se lanzó contra él y le soltó un puñetazo.
¡Leandro también perdió los estribos!
—¿Quién te crees que eres? En el día me contuve, pero ¿de verdad pensaste que soy un imbécil y que me voy a dejar pisotear?
Dicho esto, Leandro contraatacó.
Los dos comenzaron a darse de golpes en plena recámara.
—¡Dejen de pelear! ¡Paren! ¡Saúl! ¡Ya basta, por favor! —gritaba Cecilia a todo pulmón.
En las peleas anteriores, Leandro se estaba haciendo el tonto, así que no había usado toda su fuerza.
Pero ahora, sumado a todo el odio que sentía por Saúl, peleaba a matar.
Ambos parecían dispuestos a destrozarse mutuamente. ¡Ya les sangraba la nariz y la boca!
—¡Leandro, maldito infeliz, cómo te atreves a tocar a mi mujer! ¡Hoy no sales vivo de aquí!
Ambos se veían como el peor de los enemigos, golpeándose con la intención de matarse.
El alboroto no tardó en llamar la atención del resto de la casa.
La primera en entrar fue Valeria. Al ver a Saúl y Leandro agarrándose a golpes, se desesperó, pero no logró separarlos.
El ruido terminó despertando a Cristian y a los demás.
—¡Saúl, suéltalo! ¡Quién te crees para golpear a mi hijo! ¡Suéltalo! ¡Ya déjalo! —gritaba Valeria a todo pulmón.
—¡Vengan rápido, sepárenlos! —ordenó Cristian.
Los guardaespaldas entraron corriendo y lograron apartarlos.
—Saúl, ¿qué pretendes a estas horas de la noche? ¡Esta es la habitación de mi hijo! ¿Te atreves a meterte aquí para agarrarlo a golpes? ¡No tienes el menor respeto! ¡Mira nada más cómo lo dejaste! —decía Valeria, al borde de las lágrimas al ver a Leandro.
Cristian también estaba fúrico.
—Saúl, esto es el colmo. ¿No tuviste suficiente con el pleito de la tarde? Ahora vienes a armar otro escándalo en su propio cuarto. Sé que Leandro es un tonto, ¡pero no puedes abusar de él de esta manera!
—¿Un tonto? ¡Je, je! —Saúl soltó una carcajada cargada de sarcasmo.

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