—Está bien, ¡vamos juntos! —asintió Cecilia.
Poco después, ella y Saúl llegaron a la Orden de la Merced.
Cuando Camilo vio que Saúl también había ido, no pudo disimular su molestia.
—Cecilia, ¿por qué lo trajiste a él?
Camilo sentía que este era un asunto exclusivo entre él y Cecilia, y que Saúl no tenía nada que hacer ahí. En el fondo, le daba un poco de celos.
—Es mi prometido, ¿por qué no habría de venir?
Camilo torció la boca, pero ante la imponente presencia de Cecilia, no se atrevió a replicar.
—A ver, cuéntame. ¿Cómo es que de repente hay noticias de Omar?
—Omar me citó en el Estado de Nueva Cartuja. Dice que quiere saldar cuentas conmigo de una vez por todas y me retó a un mano a mano. Acepté, pero sentí que debía pedirte tu opinión primero.
Cecilia se sintió muy satisfecha al escuchar eso.
—Vaya, por fin maduraste y aprendiste a consultarme. Parece que la lección de la última vez te sirvió. Si Omar se expone de repente y te invita a ir, seguro es una trampa.
—Lo sé, pero aunque sea una trampa, tengo que ir. Es mi única oportunidad para vengar a mis padres.
—De acuerdo, te acompañaré. Pero primero debemos armar un buen plan, con una ruta de escape. Ir a ciegas solo hará que terminemos muertos.
Los tres discutieron la estrategia y luego emprendieron el viaje hacia el Estado de Nueva Cartuja.
Lo que en su país no podía hacerse abiertamente, en el Estado de Nueva Cartuja —un lugar controlado por facciones armadas que estaban por encima de la ley— era el pan de cada día.

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