Saúl también se sirvió una copa de vino.
Ambos bajaron la cabeza en señal de profundo respeto ante la tumba de Ismael y luego se marcharon.
—¡Hermano!
Apenas habían salido del cementerio cuando apareció Joaquín.
Lucía tan radiante como siempre.
Parecía un muchacho alegre, lleno de juventud y vitalidad.
Quién diría que detrás de esa sonrisa tan carismática se escondía alguien tan retorcido y calculador.
—Me buscas por las acciones que tengo, ¿verdad? —preguntó Saúl directamente.
—Así es, hermano. Después de todo, somos de la misma sangre. Esta vez necesito que me eches la mano. Vas a apoyarme, ¿cierto? Nacimos de la misma madre, a fin de cuentas, la familia es la familia. El viejo no fue justo conmigo, con mayor razón deberías estar de mi lado —dijo Joaquín con aparente sinceridad.
En el pasado, Saúl habría aceptado sin dudarlo.
Desde pequeño, siempre había consentido a su hermano.
Si le hubiera pedido la luna, habría hecho hasta lo imposible por dársela.
—Pero ya te lo había dejado claro. Tú y yo vamos por caminos distintos, cada quien por su lado. ¿Acaso lo olvidaste?
—¡Pero sigues siendo mi hermano! ¿Te acuerdas cuando estábamos en la escuela? Unos tipos me molestaron y, en cuanto te enteraste, fuiste directo a partirles la cara para defenderme. Y no solo eso, en cuestión de días llevaste la empresa de su familia a la quiebra. Siempre has sido el mejor conmigo, hermano. Yo sé que me tienes en tu corazón.
—¿Y tú me tienes en el tuyo? Me apuñalaste por la espalda paso a paso, e incluso me pusiste a Anaís para espiarme. Joaquín, ponte la mano en el corazón y piénsalo —preguntó Saúl, profundamente dolido.
De verdad le rompía el alma ver en qué se había convertido aquel niño inocente.

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