—¿Cómo es posible? Si ella se quedó con la empresa, entonces... ¿entonces qué va a pasar con nosotros?
Si habían perdido la compañía, ¿de qué iba a vivir toda la familia?
Peor aún, ¿qué pasaría con su hijo que estaba estudiando en el extranjero?
Faltaban apenas unos meses para que se graduara, volviera y tomara las riendas del negocio familiar.
Y justo en ese momento crítico, lo perdían todo.
Lionel fulminó a Natalia con la mirada.
—Todo es por tu culpa, ave de mal agüero. Si no nos hubieras embarcado en ese maldito proyecto, jamás habríamos cavado nuestro propio pozo.
Ciego de rabia, Lionel levantó la mano con intención de golpearla.
Florencia se interpuso rápidamente para detenerlo. Mientras los tres forcejeaban y se gritaban en la sala, un grupo de hombres entró de pronto a la casa.
—Sáquenlos de aquí y tiren sus cosas a la calle —ordenó el hombre que lideraba al grupo.
—¿Quiénes se creen que son? ¡Cómo se atreven a irrumpir en mi casa! —gritó Florencia, indignada.
—Esta casa fue hipotecada por el señor Solano hace tres meses. El plazo venció hoy. Solo seguimos el procedimiento legal para tomar posesión del inmueble.
Florencia miró a Lionel con los ojos desorbitados.
—¿Hipotecaste la casa?
Lionel asintió avergonzado. En aquel momento no tenía liquidez para financiar el proyecto de Natalia, así que había puesto todas sus propiedades como garantía para pedir préstamos.
Jamás imaginó que el dinero terminaría hundiéndose en un barril sin fondo.
—¡Ya basta de lloriqueos, empaquen sus cosas y lárguense!
Todas las pertenencias de la familia Solano fueron arrojadas a la calle. Sin dinero ni influencias, no tuvieron más remedio que alquilar un diminuto apartamento para no dormir en la intemperie.
Natalia, al verse acorralada, fue en busca de su novio, Leonardo Tapia.

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