—¿Acaso tienes cara para reclamarme? Desde el principio te dije que no dejáramos volver a esa víbora de Berta. ¡Tenía intenciones ocultas y no me hiciste caso! Ahora mira, toda nuestra familia terminó en la ruina. ¿Ya estás contento?
—¡Cierra la maldita boca! ¡No necesito que vengas a darme sermones!
Lionel, con la paciencia al límite, levantó la mano y la golpeó.
Al presenciar la escena, Natalia sintió un nudo en la garganta.
Sabía perfectamente que la familia unida de antes había desaparecido para siempre.
Al día siguiente.
Lionel acudió a la empresa para presentarse a trabajar y se dirigió a la oficina para buscar a Berta.
—Berta, escuché que me buscabas —dijo Lionel, forzando una sonrisa.
—Te exijo que me llames directora Solano. ¿Quién te dio permiso para llamarme «Berta»? ¿Ya se te olvidaron los modales? —respondió ella con voz gélida.
Lionel tragó saliva, visiblemente incómodo. Desvió la vista hacia el asiento que ella ocupaba; ese mismo escritorio que alguna vez fue suyo.
Antes, él era quien daba las órdenes desde ahí, y ahora la que dictaba las reglas era esa escuincla.
—Sí, directora Solano. ¿En qué le puedo ayudar?
Berta agarró una carpeta y se la arrojó con fuerza a la cara, golpeándolo.
—Ahí están los reportes que tu departamento de ventas entregó ayer. Revísalos tú mismo y dime si te parecen aceptables.
Lionel recogió los papeles del suelo y les echó un vistazo. Efectivamente, tenían varios errores de cálculo.
—Directora Solano, es que apenas acabo de asumir el puesto en ventas, por lo que yo...
—¿Ya vas a empezar con tus pretextos? Haces tu trabajo a medias y lo primero que buscas es una excusa. Lionel, ¿esa es tu ética profesional? Recuerdo claramente que cuando solías regañar a tus empleados, lo que más odiabas eran los pretextos. ¿Ahora tú también te rebajas a eso?
Lionel agachó la cabeza, sintiéndose profundamente humillado.
En el pasado, solía insultar y maltratar a sus subordinados sin la menor piedad.
Les hacía la vida imposible.
Y hoy, por fin estaba probando el sabor de su propio veneno.

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