En su sueño, todo era de un blanco intenso.
Se veía a sí misma siendo sostenida por alguien, caminando con dificultad hacia una cama de forma rara.
Era una cama de parto.
Se recostó y colocaron sus piernas en los estribos.
Frente a ella había un grupo de médicos y enfermeras con trajes quirúrgicos y cubrebocas, moviéndose de un lado a otro.
De repente, un rostro conocido apareció en su campo de visión.
La persona llevaba puesto el cubrebocas, pero esos ojos rasgados eran inconfundibles, con una mirada aguda e imperturbable.
Era Eloísa.
La doctora sostenía un trozo de chocolate y se lo acercó a la boca con un tono de voz serio, pero que dejaba ver cierta preocupación:
—¿Quieres comer algo? Si no, te vas a quedar sin fuerzas al rato.
Karina se vio a sí misma negando con la cabeza, con el rostro torcido por el sufrimiento:
—Me duele mucho...
Una mujer que la acompañaba no soportó verla así y exclamó:
—¡Doctora Eloísa, póngale la epidural! ¡Ya no aguanta más!
Sin embargo, Eloísa se negó rotundamente.
Con la vista clavada en el monitor, habló con una calma que rayaba en la crueldad:
—Aguanta un poco más. Si te la ponemos ahorita, la dilatación será más lenta. Entre más tiempo pase, más riesgo hay de que el bebé se quede sin oxígeno. Hazlo por tu hijo, aguanta.
Karina vio cómo apretaba los dientes con tanta fuerza que se había quedado pálida por el dolor.
Perdió la noción del tiempo.
La voz de la mujer sonó de nuevo, esta vez con alivio:
—¡Doctora Eloísa, ya está!
Eloísa por fin cedió:
—Preparen la epidural.
Enseguida, apareció con un anestesiólogo.
El médico sostenía una aguja.
Era tan gruesa y larga que se veía diez veces más aterradora que una inyección normal.
Iban a picarla directo en la columna.
Karina le tenía pavor a las agujas.
Justo cuando esa enorme aguja se acercó a su espalda, el pánico se apoderó de ella por completo.
—¡Ahhh! —gritó.
Karina abrió los ojos de golpe y se sentó de un brinco en la cama.
Jalaba aire con desesperación, su pecho subía y bajaba rápidamente.
Se tocó la frente y sintió el sudor frío.
El cuarto del jet estaba en completo silencio, solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado.
Todavía con el corazón a mil por hora, se llevó una mano al pecho.
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