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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 1072

En su sueño, todo era de un blanco intenso.

Se veía a sí misma siendo sostenida por alguien, caminando con dificultad hacia una cama de forma rara.

Era una cama de parto.

Se recostó y colocaron sus piernas en los estribos.

Frente a ella había un grupo de médicos y enfermeras con trajes quirúrgicos y cubrebocas, moviéndose de un lado a otro.

De repente, un rostro conocido apareció en su campo de visión.

La persona llevaba puesto el cubrebocas, pero esos ojos rasgados eran inconfundibles, con una mirada aguda e imperturbable.

Era Eloísa.

La doctora sostenía un trozo de chocolate y se lo acercó a la boca con un tono de voz serio, pero que dejaba ver cierta preocupación:

—¿Quieres comer algo? Si no, te vas a quedar sin fuerzas al rato.

Karina se vio a sí misma negando con la cabeza, con el rostro torcido por el sufrimiento:

—Me duele mucho...

Una mujer que la acompañaba no soportó verla así y exclamó:

—¡Doctora Eloísa, póngale la epidural! ¡Ya no aguanta más!

Sin embargo, Eloísa se negó rotundamente.

Con la vista clavada en el monitor, habló con una calma que rayaba en la crueldad:

—Aguanta un poco más. Si te la ponemos ahorita, la dilatación será más lenta. Entre más tiempo pase, más riesgo hay de que el bebé se quede sin oxígeno. Hazlo por tu hijo, aguanta.

Karina vio cómo apretaba los dientes con tanta fuerza que se había quedado pálida por el dolor.

Perdió la noción del tiempo.

La voz de la mujer sonó de nuevo, esta vez con alivio:

—¡Doctora Eloísa, ya está!

Eloísa por fin cedió:

—Preparen la epidural.

Enseguida, apareció con un anestesiólogo.

El médico sostenía una aguja.

Era tan gruesa y larga que se veía diez veces más aterradora que una inyección normal.

Iban a picarla directo en la columna.

Karina le tenía pavor a las agujas.

Justo cuando esa enorme aguja se acercó a su espalda, el pánico se apoderó de ella por completo.

—¡Ahhh! —gritó.

Karina abrió los ojos de golpe y se sentó de un brinco en la cama.

Jalaba aire con desesperación, su pecho subía y bajaba rápidamente.

Se tocó la frente y sintió el sudor frío.

El cuarto del jet estaba en completo silencio, solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado.

Todavía con el corazón a mil por hora, se llevó una mano al pecho.

Se frotó las sienes y se dejó caer en uno de los sillones de piel mientras esperaba a que el celular prendiera.

Unos minutos después.

La pantalla se iluminó.

En cuanto agarró señal, empezaron a caerle un montón de notificaciones de WhatsApp y noticias.

Karina frunció el ceño. Su intención era entrar directo a sus mensajes.

Sin embargo, justo antes de tocar la pantalla, le botó una notificación de Twitter que abrió por accidente.

La aplicación cargó de inmediato.

«¡EXCLUSIVA! ¡Se destapa el romance de Mónica! ¡Captada en cita secreta en una cafetería!»

A ella no le importaban los chismes de espectáculos, así que iba a cerrar la app, pero al ver la foto, su dedo se quedó congelado.

Abrió la imagen en grande.

Aunque las fotos estaban borrosas y tenían esa típica textura de cámara indiscreta, se notaba que era un lugar exclusivo y privado.

A través de los grandes ventanales, se veía el juego de luces y sombras.

Mónica llevaba una gabardina beige bastante discreta y el cabello recogido de forma casual.

Del hombre que estaba sentado frente a ella, solo se distinguía el perfil.

Él traía una chamarra negra y una gorra que le cubría casi toda la cara, dejando a la vista únicamente la línea recta de su mandíbula.

Aunque no se le veía el rostro completo, Karina lo reconoció al instante.

Era Lázaro.

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