En la frontera de Los Estados de la Bahía Roja, dos grandes cárteles transnacionales de drogas fueron erradicados.
Un centro de fraudes electrónicos fue allanado por fuerzas especiales y su líder fue capturado con vida.
Más de doscientos rehenes que habían sido secuestrados y torturados fueron rescatados con éxito y estaban siendo escoltados de regreso al país.
Las noticias no mencionaban los números de las unidades que participaron en la operación, ni mucho menos el nombre del comandante.
Pero Karina Leyva lo sabía.
El éxito de esa operación sin duda era obra de Lázaro Juárez.
Bajó la mirada hacia su celular, observando la foto del apuesto perfil del hombre en su galería, y acarició la pantalla suavemente con la yema del dedo.
—Seguro regresarás a salvo —susurró.
En ese momento, el celular vibró de repente.
Era una llamada de su madre.
Karina calculó la diferencia horaria; en su país de origen ya debía ser de madrugada.
Lo lógico era que a esa hora su madre ya estuviera dormida.
Karina contestó de inmediato y preguntó, confundida:
—Mamá, ¿cómo es que no estás dormida a esta hora? ¿Pasó algo malo?
Yolanda Sierra respondió:
—Acabo de regresar de la boda de Francisco Juárez. El día de hoy fue absolutamente aterrador.
Acto seguido, le contó a su hija lo que había ocurrido durante el día.
En un principio, Yolanda no tenía intención de asistir a la celebración.
Los asuntos de la familia Juárez eran demasiado turbios, especialmente ahora que Lázaro no estaba. Francisco era un hombre calculador, y ella temía que fuera una trampa que pudiera perjudicarla.
Sin embargo, Francisco había enviado invitaciones a toda la alta sociedad.
Si ella no iba, parecería demasiado evidente que lo estaba evitando.
Además, Yago Cárdenas también había recibido una invitación. Acompañada por él, Yolanda finalmente decidió ir al lugar de la boda.
Aunque Francisco había sido expulsado del Grupo Juárez, seguía siendo el actual patriarca de la familia Juárez.
Según las tradiciones, la nueva esposa debía presentar sus respetos en el altar ancestral de los Juárez antes de unirse a la familia.
Por eso, la boda se llevó a cabo en la mansión Juárez.
Cuando Yolanda llegó al lugar junto con Yago, fueron conducidos al área de invitados fuera del altar ancestral.
Pero todos esperaron y esperaron, sirvieron bebidas y café tres veces, e incluso pasó la hora fijada para la ceremonia, y aún no había señales de la caravana nupcial.
No fue sino hasta pasada la una de la tarde que empezaron a llegar noticias poco a poco.
Se decía que la caravana de Francisco, de camino a la familia Olmos para recoger a la novia, se había encontrado con varios accidentes.
Primero, a los autos se les reventaron las llantas, y luego, bloquearon la calle.
Al escuchar el relato de su madre, Karina frunció el ceño.
Eso no era una boda en absoluto, parecía más bien un juego donde se apostaban la vida.
—Mamá, lo importante es que tú estás bien.
Karina añadió de inmediato:
—Es evidente que alguien no quería que se casaran. ¿Se averiguó quién estaba detrás del tiroteo?
—Se dice que fue obra de la Guardia de los Juárez. Anteriormente, cuando Francisco tomó el poder, despidió a un gran número de miembros de la vieja guardia para eliminar a sus opositores.
—Esas personas guardaban rencor, así que se agruparon con la intención de quitarle la vida en el día de su boda.
—Sin embargo, esta vez Francisco, además de llevar su escolta privada, ¡increíblemente llevó a un grupo del ejército nacional para recoger a la novia!
—Si no hubiera sido por la protección del ejército, Francisco y Bárbara habrían perdido la vida hoy.
Karina se quedó pensativa.
Parecía que el matrimonio de Bárbara con Francisco había afectado los intereses de algunos.
¿De dónde sacarían un grupo de guardaespaldas despedidos el valor y las armas para atreverse a realizar un ataque de tal magnitud en pleno centro de Villa Quechua?
Definitivamente había alguien más detrás de todo, alguien que los estaba usando como chivos expiatorios.
En la mente de Karina, de pronto aparecieron las palabras que Lázaro había dicho antes de marcharse.

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