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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 1100

Media hora más tarde.

Karina salió del baño envuelta en una limpia y fresca bata de algodón.

El vapor de la ducha había ayudado a aliviar el mareo del alcohol; lucía mucho más despejada.

Se colocó a espaldas de Yolanda y la abrazó mientras ella le arreglaba algunas cosas. Apoyó la barbilla en su hombro.

—Mamá.

Yolanda detuvo lo que estaba haciendo, se dio la vuelta y la miró con dulzura:

—¿Qué sucede? ¿Todavía te sientes mal?

Karina negó con la cabeza, expresando su alegría y confianza:

—He visto las noticias. Felicidades, Sra. Sierra, ahora estás brillando de verdad.

Yolanda dobló lentamente la ropa que tenía en sus manos y dijo:

—Esto no es nada. Aún debo esforzarme para seguirte el ritmo.

Karina se frotó contra su espalda y habló con orgullo y determinación:

—Mi mamá es increíble, la mejor mamá del mundo.

Aquella lejana ternura logró colmar de calidez la pequeña habitación.

Incluso Amelia no se atrevió a interrumpir ese hermoso momento y se marchó.

Un buen rato después.

Las dos se sentaron en el sofá para conversar de manera relajada.

Hablaron de la vida, de temas sin importancia, de pequeñas cosas del día a día.

Karina de repente dudó un poco, pero finalmente le hizo esa pregunta que había guardado en su corazón por mucho tiempo.

—Oye, mamá.

—A decir verdad, siempre quise preguntar...

—¿Qué... pasó entre mi papá y tú?

Era la primera vez que Karina hacía una pregunta tan directa desde que perdió la memoria.

Y para ese entonces, Yolanda también había logrado salir de toda esa oscuridad.

Así que no experimentó ninguna emoción cuando tuvo que mencionar de nuevo a Gonzalo Leyva, ese hipócrita.

—En realidad debí decírtelo antes.

Tomó la mano de su hija y, en tono tranquilo, comenzó a hablar poco a poco.

Karina la escuchó muy atentamente.

Entre más escuchaba, más se sorprendía.

No podía creer que hubiera ocurrido algo tan espeluznante y dramático, casi digno de una telenovela, en ese año.

Ese padre que ella recordaba tan amable y noble, resultó ser en realidad un lobo con piel de cordero.

Sin embargo, cuando recordaba lo dulce que lucía su madre al lado de Yago.

Sentía tristeza por ella, pero a la vez, se alegraba.

Karina apretó su mano con fuerza y habló con el corazón:

—Mamá, si llegas a encontrar a alguien que en verdad te ame, te daré mi bendición.

—Tu felicidad es lo más importante de todo.

Tras oír aquello, Yolanda vaciló y decidió no contarle a Karina acerca de su relación con Yago.

Temía que fuera muy repentino para ella, luego de descubrir un cambio tan grande en su familia, y que tal vez no aceptara tan fácilmente que ella había comenzado una nueva vida en tan poco tiempo.

Karina asintió rápidamente con la cabeza y fue a prisa al cuarto de baño.

Cuando terminó su desayuno, como era fin de semana, observó a su madre recogiendo los platos y sugirió:

—Mamá, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que viniste, ¿te gustaría que vayamos de paseo por los sitios turísticos de Boston?

Yolanda detuvo lo que estaba haciendo, obviamente emocionada.

—Claro que sí, además de que te serviría de descanso.

—¡Sí!

Karina pareció recordar de repente algo; sacó su celular de uno de los bolsillos y dijo:

—Cierto, deberíamos invitar al Sr. Yago a acompañarnos.

—Estar solo en el hotel debe ser muy aburrido para él; además de que sería agradable, también podría hacer las veces de guía turístico.

Yolanda vaciló:

—¿No crees que eso sería mucha molestia? Además, puede que esté un poco ocupado...

Pero Karina era una chica de acción.

Así que, sin darle tiempo a Yolanda para preocuparse más, envió el mensaje.

[Sr. Yago, mamá y yo vamos a pasear por aquí, ¿le gustaría acompañarnos?]

Casi enseguida, recibió la respuesta de Yago.

[Claro, llego en un minuto.]

Unos veinte minutos más tarde.

Alguien tocó la puerta de su habitación.

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