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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 1099

Al escuchar la palabra "esposo".

La cabeza de Karina, que hasta ese momento había estado un poco adormecida, se despejó casi de golpe.

*¿Qué estará haciendo Lázaro en este momento?*

De repente, sintió una mezcla indescriptible de dolor y anhelo en su corazón.

—Hmm...

Respondió con un sonido inarticulado, sin ganas de hablar.

Al ver que su reacción era tan fría y que ni siquiera quería mencionarlo,

Santiago se convenció aún más de que, en efecto, había problemas en su relación.

Ya que ese hombre no sabía valorarla, no podía culparlo por ser oportunista.

¡Definitivamente iba a robársela!

...

Unos minutos después.

El auto se detuvo frente al edificio de dormitorios de Karina.

Karina se desabrochó el cinturón, abrió la puerta para bajar, pero sus piernas flaquearon en cuanto tocaron el suelo.

—¡Cuidado!

Santiago corrió rápidamente hacia ella y la sostuvo del brazo.

La distancia entre ambos se acortó en un instante.

Santiago se puso tenso, pero actuó como un caballero y retrocedió un poco para darle espacio.

Justo en ese momento, una voz femenina y autoritaria se escuchó a lo lejos, acercándose deprisa.

—¡Kari!

Karina se volteó por instinto y vio a su madre caminando hacia ella con pasos rápidos.

Yolanda llevaba un abrigo de lana que, a pesar de estar algo desgastado, no lograba ocultar la inmensa elegancia que poseía, atrayendo la mirada de cualquiera.

—¡Mamá!

Al verla, la embriaguez de Karina pareció desvanecerse de golpe; estaba increíblemente sorprendida y feliz.

Yolanda dio un par de zancadas hasta llegar a ella y tiró de Karina hacia sí. Sin embargo, al percibir el olor a alcohol, frunció el ceño en el acto.

—¿Por qué tomaste tanto? Eres una señorita, ¿cómo puedes no ser más cuidadosa estando en un país extranjero? ¿Y si te encuentras con un pervertido?

Karina se recostó obedientemente en el hombro de su madre, como si fuera una niña que acababa de cometer un error.

—Lo sé, me equivoqué... Hoy solo me pasé de tragos, pero Amelia Barrios estuvo conmigo todo el tiempo, así que no pasó nada.

Con el fin de no convertirse en una extraña a los ojos de sus compañeros de clase o de los de laboratorio, Amelia siempre la acompañaba a cierta distancia, ya fuera cuando iba a clases o al laboratorio.

Siempre y cuando no se encontrara en peligro, Amelia no aparecería de repente.

Yolanda ayudó a Karina a entrar a su cuarto, la recostó sobre un sofá de tela y levantó la mano para darle un fuerte golpe en la frente.

—¡Me vas a matar de un coraje!

—¡Ese tal Santiago prácticamente no te quitaba la mirada de encima!

—¡Y tú muy tranquila, te emborrachas y dejas que un chico te acompañe hasta acá! ¡Y por si fuera poco, se quedan tan pegaditos allá abajo!

—¡A ver si no se molesta Lázaro si se llega a enterar de esto!

Karina, con pesadez, abrazó a Yolanda por la cintura y escondió el rostro en el abrigo de lana.

—Mamá... Te he extrañado muchísimo, no me regañes nada más verme.

—Santiago es el jefe de mi grupo; entre nosotros no hay más que una relación de colegas de trabajo, no lo hagas ver como si fuera algo extraño.

—Además, sé muy bien lo que hago.

Yolanda dejó salir un suspiro y le acomodó el cabello, que estaba algo desordenado.

—Me parece que tendré que hablar con Amelia para que te preste más atención. Si se presenta otra situación así en el futuro, ella no podrá dejarte sola.

—Sí, sí, lo que tú digas, mamá.

Yolanda arrugó la nariz con desagrado.

—Apestas a alcohol, levántate y ve a bañarte ahora mismo.

Karina se acurrucó unos segundos más en los brazos de su madre antes de ir al baño a tomar una ducha.

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