El empleado tomó la tarjeta y estaba a punto de pasarla por el lector.
—¡Quítate! —gritó un hombre desde atrás, empujando con brusquedad y colándose en la fila.
Karina perdió el equilibrio, tambaleándose a punto de caer.
Una mano grande se posó en su hombro, estabilizándola justo a tiempo, mientras una ráfaga le rozaba la oreja.
En ese instante, se escuchó un golpe seco —¡pum!—. El tipo que se metió en la fila voló hasta el final de la misma después de recibir una patada.
Karina, todavía en shock, se enderezó y giró para agradecerle al responsable.
Al mirar hacia atrás, se encontró con la mirada oscura y sombría de Valentín.
Frunció el ceño al instante, incómoda.
Sin embargo, Valentín arrojó una tarjeta negra sobre el mostrador y le soltó al empleado, con un tono seco:
—Usa la mía.
La molestia de Karina estalló de inmediato. Su voz salió tan cortante como el filo de un cuchillo:
—No necesito tu ayuda.
Valentín la miró de arriba abajo, con una mezcla de burla y fastidio en sus ojos.
—Yo conozco mejor que tú tus ahorros. Si te interesa tu propio bienestar, no deberías ponerte a pelear conmigo en este momento.
Karina apretó los labios, desafiándolo con la mirada.
—Te dije que no pienso usar tu dinero. Yo me las arreglo sola.
Se volvió hacia el empleado:
—Por favor, devuélvame mi tarjeta. Regresaré más tarde a pagar.
El empleado la miró como si no pudiera creer lo que oía.
—¿Está segura, señorita?
Esa tarjeta, que parecía de lo más común, guardaba en su interior más de cien millones de pesos. El tipo de al lado claramente no tenía idea. ¿Sería acaso una pelea de pareja, y la señora resulta que escondía tal fortuna?
El empleado prefirió no meterse y, viendo la expresión decidida de Karina, le devolvió la tarjeta.
Ella extendió la mano para tomarla.
Ese simple gesto hizo que la manga de su suéter se deslizara, dejando ver una sortija sencilla de platino en su anular. Bajo la luz, el aro brillaba con un resplandor pálido.
Los ojos de Valentín se abrieron de par en par, fijos en ese anillo. Por un segundo, parecía que algo lo hubiera picado. De golpe, le sujetó la muñeca con fuerza y, sin darle oportunidad de protestar, la arrastró hacia el pasillo.
Karina bufó, sarcástica.
—¿Eso te lo dijo Fátima? Si alguien se arrastró fue ella, que quiso ligarse a Lázaro y ni así pudo. Ahora resulta que quiere culparme a mí. Mejor ve y revísate, no sea que Fátima te haya pegado alguna enfermedad.
Valentín rechinó los dientes.
—¡No le inventes cosas a Fátima! Por lo menos, nunca ha hablado mal de ti frente a mí. En cambio, tú no paras de insultarla.
Karina soltó una risa incrédula, sin ganas de seguir la discusión.
—Entonces ya no hay nada más que decir entre nosotros.
De repente, le metió un rodillazo para quitárselo de encima, justo como le había enseñado Lázaro. No pensó que lo usaría tan pronto.
Valentín se encorvó de dolor, pero se enfureció aún más. Bajó la cabeza e intentó besarla a la fuerza.
Karina, con los nervios de punta, reaccionó en automático y le dio un cabezazo, usando otro de los trucos que Lázaro le había mostrado.
—¡Pum!—
Su frente chocó con la nariz de Valentín, que aún estaba resentida de una vieja fractura.
El dolor le explotó junto con una oleada de sangre caliente, que le corrió por la nariz sin control...

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