Lázaro reaccionó al instante: con una mano levantó a la pequeña Gisi del suelo y con la otra sostuvo a Karina.
—¡No pienses! ¡Detente ahora mismo!
—¡Hazme caso! ¡Pon la mente en blanco!
La voz de Lázaro sonaba ronca. Sin importarle que la niña siguiera llorando, presionó con fuerza la parte posterior de la cabeza de Karina, masajeando sus puntos de presión con los pulgares.
Pero Karina no podía detenerse.
El deseo de conocer la verdad crecía como la mala hierba.
En sus oídos retumbaba el llanto de la pequeña Gisi.
Y en su mente, se superponía el llanto borroso de aquel bebé.
Los dos sonidos se mezclaban como una maldición, resonando dentro de su cráneo.
Dolía.
Dolía muchísimo.
Sintió como si le hubieran drenado toda la fuerza; un sudor frío le empapó la espalda al instante.
Se derrumbó sin fuerzas en los brazos de Lázaro, jadeando bocanadas de aire como pez fuera del agua.
Lázaro, con los músculos en tensión, giró la cabeza bruscamente y le gritó a Belén:
—¿Qué esperas? ¡Llévate a la niña! ¡Rápido!
Belén dio un respingo del susto, se secó las lágrimas de un manotazo y no se atrevió a perder tiempo; cargó a la pequeña Gisi y echó a correr.
Sin embargo, al escuchar cómo el llanto se alejaba, Karina sintió un pánico instintivo, ignorando incluso el dolor agudo que le partía la cabeza.
—No... —murmuró débilmente—... no te vayas... mi bebé...
Sin saber de dónde sacó fuerzas, empujó a Lázaro y se levantó tambaleándose.
Su visión estaba borrosa, todo se veía doble.
Pero aun así, clavó la mirada en la dirección por donde se había ido Belén y echó a andar tras ella, tropezando.
—¡Kari! ¡Cuidado! —exclamó Yolanda.
Frente a ella había unos escalones de piedra que conectaban con el pasillo hacia el patio trasero.
Karina pisó mal y su cuerpo se fue hacia adelante sin control.
Lázaro la alcanzó justo a tiempo y volvió a sujetarla por la cintura.
Karina temblaba entera.
Tenía los ojos inyectados en sangre y llenos de desesperación.
Miró fijamente a Belén, que se había detenido no muy lejos sin saber qué hacer, y preguntó con voz ronca:
—El niño... ¿de quién es el niño?
El aire pareció congelarse en ese momento.
Belén, abrazando a la pequeña Gisi que aún sollozaba, miró a Lázaro totalmente perdida.
¿Qué le decía?
¿Cómo se lo explicaba?
Si le contaba la verdad a Kari, ¿soportaría el impacto en su estado actual?
Lázaro frunció el ceño con fuerza.
Miró a la mujer al borde del colapso en sus brazos y sintió como si le clavaran agujas en el corazón.
No esperaba que los lazos de sangre fueran tan poderosos.

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