Karina levantó la cabeza de golpe y se topó con la mirada seria del hombre. Sus ojos brillaron de emoción.
¡Por fin podía hacer lo que tanto había querido!
Sin pensarlo dos veces, se giró rápidamente y fue directo hacia Raquel.
En cuanto llegó, la tomó del cuello de la camiseta sin dudar y comenzó a abofetearla una y otra vez, de un lado y del otro.
—¡Paf! ¡Paf! ¡Paf!—
El sonido de las palmadas retumbó en todo el café.
Raquel, enfurecida y desesperada por el dolor, gritó:
—¡Karina, maldita! ¡Voy a hacer que mi tío te mate! ¡Te va a matar!
Intentó defenderse, pero el dolor en sus costillas, que sentía rotas desde la patada de antes, no le permitía moverse.
Solo podía gritar con voz desgarrada:
—¡Ayuda! ¡Por favor, ayúdenme!
Pero el gerente del café, al ver a Lázaro solo de lejos, se apresuró a bloquear la entrada a cualquier empleado que intentara acercarse.
Algunos clientes que quisieron sacar su celular para grabar fueron detenidos amablemente por el personal.
Karina siguió hasta que sus propias manos le hormiguearon y dolieron. Finalmente, se detuvo, sacudiendo la muñeca para aliviar el ardor.
Aunque sentía dolor en la mano, por dentro no podía estar más satisfecha.
Miró a su mejor amiga, quien estaba paralizada del susto, y se preparaba para levantar a Raquel y seguir con la golpiza.
Pero la voz del hombre sonó de nuevo, impasible.
—Ya estuvo, vete de aquí.
Karina se quedó sorprendida por un segundo, pero no tardó en reaccionar. Rápido tomó su laptop, y salió del lugar sin mirar atrás.
Después de que Karina salió, Raquel, con la cara hinchada y la voz entrecortada, seguía mirando con furia hacia Lázaro, balbuceando insultos.
El gerente del café se acercó de inmediato, inclinándose respetuosamente ante Lázaro.
—Señor Boris, ¿quiere que le ayude a darle otra lección a esta mujer que no aprende?
¿Señor Boris?
Raquel abrió los ojos a más no poder, mirando fijamente al hombre de lentes dorados.
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