Al mismo tiempo, en la sala de juntas de la empresa de videojuegos del Grupo Juárez.
Hace dos minutos.
El ambiente estaba tan tenso que se podía cortar con cuchillo y tenedor.
Lázaro, enfundado en un impecable traje negro y con unos lentes de aro dorado que destacaban la intensidad de su mirada, irradiaba esa aura que hacía temblar a cualquiera. No era necesario que alzara la voz; bastaba que te mirara para sentir cómo el aire se volvía pesado.
—¿Esto es lo mejor que pudieron entregar? ¿Este es su plan final?
Sus dedos, largos y bien definidos, tamborilearon sobre la mesa. El documento del proyecto de promoción de "Vórtice de Sueños" quedó tirado en el centro, como si no valiera nada.
A su alrededor, una fila de directores de juego y programadores veteranos agachaba la cabeza. Nadie se atrevía a respirar más fuerte de la cuenta.
Justo en ese instante, el celular de Lázaro vibró sobre la mesa.
Todos lo vieron. El jefe, que un segundo antes parecía hecho de hielo, en cuanto vio la pantalla, cambió por completo. Era como si de pronto entrara el sol a la habitación y derritiera toda esa tensión.
Lázaro tomó el celular y respondió en cuanto sonó.
Lo siguiente dejó a todos boquiabiertos: su jefe, ese hombre que normalmente daba miedo hasta con la espalda, de pronto habló con una suavidad capaz de envolver a cualquiera.
—¿Hola? Mi amor.
Todos en la sala: ¿¡Qué!?
Y enseguida, para rematar:
—No, no estoy ocupado. Estoy libre.
Los presentes: ¡¡¡!!!
¿Libre? ¿En serio? ¿No que estabas en una reunión importantísima?
Sin más, Lázaro levantó su celular, se puso de pie y salió del salón sin siquiera dedicarles otra mirada, dejando a todos petrificados como estatuas.
En cuanto la puerta se cerró, la sala quedó en silencio total, como si hubieran apagado el mundo.
Pasaron unos segundos, hasta que de pronto el murmullo estalló como si le hubieran quitado el tapón a una botella de refresco.
—No lo puedo creer… ¿El señor Lázaro es capaz de hablar así de tierno? —exclamó un joven programador, llevándose la mano al pecho, como si acabara de ver caer un mito.
—¡Ese "mi amor" me llegó hasta los huesos! Jamás imaginé que el señor Lázaro y su esposa tuvieran tan buena relación —dijo la directora del proyecto, con los ojos brillando de emoción.
El encargado del proyecto, ya empapado en sudor, preguntó con voz temblorosa:
—¿Entonces… seguimos con la junta? Que yo sepa, después de esto el señor Lázaro tenía otras dos reuniones con los de arriba…
Un veterano, con la experiencia de quien ya había visto de todo, se recargó en la silla y soltó:



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador