Una simple frase bastó para que a Karina se le dibujara una sonrisa en los labios.
Desde aquel episodio en el puente, cuando su estómago le jugó una mala pasada, ese hombre se había convertido en una especie de alarma viviente para ella.
Siempre que él no estaba cerca, era puntual con sus mensajes para recordarle que debía comer.
Si Karina no le enviaba a tiempo una foto de lo que había comido, él tomaba dos caminos: o le llevaba la comida personalmente —claro, cobrando el respectivo beso, lo que la obligaba a retocarse el maquillaje después—, o mandaba el pedido con algún repartidor, acompañado de una nota amenazante: [Atrévete a no comértelo todo, y verás.]
A Karina le causaba gracia, pero no le quedaba de otra que buscar un restaurante decente cerca de donde estaba.
Ya sentada, pidió algo de comer, tomó una foto del platillo y se la mandó para reportarse.
Después de comer, le tomó una foto al plato vacío, dejando claro que no había dejado ni las migajas.
No tardó en recibir de vuelta un sticker animado de beso.
Karina sintió cómo se le calentaban las mejillas y respondió con un emoji de risa tapándose la boca.
No pudo evitar pensar en lo curioso de la situación: ¿quién imaginaría que ese jefe de bomberos, tan serio y reservado, era en privado como un adolescente travieso, siempre buscando la manera de hacerla sonrojar?
...
Tras un día lleno de pendientes, Karina regresó al hospital cuando el sol ya comenzaba a esconderse.
Se puso ropa deportiva y bajó al parque que estaba junto al hospital para correr unas vueltas, hasta que el sudor le perló la piel.
Al volver, fue directo al baño.
Pero justo cuando estaba a medio baño...
—¡Pum!—
Un estruendo la sobresaltó. Parecía que algo pesado se había estrellado contra el piso en la habitación de al lado.
Karina se quedó helada y, de inmediato, cerró la llave de la regadera.
Con el silencio, las voces del otro lado de la pared se escucharon nítidas.
Reconoció la voz de Fátima, ronca y desbordada de rabia:
—¡Lárguense! ¡Fuera todos!
De pronto, alguien golpeó la puerta del baño. La voz grave de Lázaro, envuelta en serenidad, se oyó al otro lado:
—Estoy aquí en la puerta, no te preocupes.
La tensión en Karina se desvaneció un poco.
Sentía como si le hubieran dado una pastilla para el alma: la seguridad de saberlo cerca le llenaba el pecho.
Se permitió una pequeña sonrisa y volvió a abrir la regadera.
Con él ahí, sentía que podía venirse el mundo abajo y nada pasaría.


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