Al colgar el teléfono, Valentín se giró de golpe, con la respiración agitada.
La puerta de la habitación frente a él ya estaba cerrada.
Se preparaba para tocar, pero una voz cortante lo sorprendió a sus espaldas.
—Señor Valentín, Fati ya se calmó un poco. Debería verla.
Giró de inmediato. Sus ojos, enrojecidos y llenos de furia, se clavaron en Sabrina. La intensidad de su mirada era tan feroz que incluso ella, acostumbrada a tratar con la peor gente, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Sabrina cruzó los brazos y se recargó en la pared, fingiendo tranquilidad.
—Fati está muy insegura ahora, te necesita —dijo, intentando sonar firme.
Pero Valentín dejó escapar una sonrisa dura y cruel.
—Fátima terminó así por culpa tuya, que eres su madre. ¿No lo sabías?
A Sabrina se le heló la sangre. Solo con escuchar sus palabras, supo que él ya lo había averiguado todo.
Su expresión cambió de inmediato.
—Sí, subestimé a Boris, lo admito —reconoció, endureciendo la voz—. Pero si Karina no hubiera arruinado mis planes, la que estaría en esa cama ahora no sería Fati.
—¿Entonces sería Karina? —replicó Valentín, con un tono que rozaba la locura y el odio—. Te lo advertí, ¡no te atrevas a tocarla! ¿Qué no te quedó claro cuando te lo dije?
La furia de Valentín la hizo encogerse, por primera vez en mucho tiempo, sintió que no podía sostenerle la mirada.
La verdad, la noche de la fiesta fue un desastre. No solo casi pierde a su hija, sino que también acabó enemistándose con Valentín y ni siquiera logró acercarse a Boris.
Intentó justificarse.
—Si Karina no hubiera ido de metiche, Boris no la habría metido en la habitación. Al final, salió ilesa y encima ahora tiene la atención de Boris. Debería darme las gracias.
Valentín apretó la mandíbula con fuerza.
—Ella solo me necesita a mí. No pienses que esto va a quedar así.
Y sin más, dio media vuelta, cargando con un aire amenazante, y se marchó.
—¡Valentín! —Sabrina lo llamó a gritos—. ¿Vas a abandonarla justo ahora? ¡Fati es la que más ha sufrido!
Valentín se detuvo en seco.
Rio con desprecio, sin ocultar el veneno en sus palabras.
—¿No eras tú la que quería venderla a Boris? ¿Desde cuándo te importa lo que yo haga, si solo soy el prometido?
Hizo una pausa y continuó.


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