Karina ya no podía seguir avanzando, así que no le quedó más remedio que tomar del brazo a Belén y, sonriendo, comentó:
—Así es, la nueva casa de mi esposo y mía está aquí cerca. Apenas la terminamos de arreglar, quizá pronto nos cambiemos a vivir aquí.
Hizo una breve pausa y preguntó:
—¿En qué edificio vives, Bárbara?
Bárbara le dio el número de su departamento.
Karina no pudo ocultar la sorpresa.
—¿En serio? ¡Qué casualidad! Somos vecinas.
Pero la mirada de Bárbara se posó de inmediato en Belén, dejando ver un desdén tan evidente que cualquiera lo notaría.
—Belén, ¿por qué cada vez que me ves pones esa cara como si hubieras visto un fantasma? No te voy a comer, ¿eh?
Belén frunció los labios y respondió, lanzándole una mirada desafiante:
—¿No eres tú la mejor amiga de Diana? Si me pongo a platicar contigo, seguro que después va llorando a su casa a decir que hasta sus amigas le ando quitando.
Diana era la hija que la familia Soler había adoptado después de que Belén fuera secuestrada.
Como Bárbara y Diana eran muy cercanas, y la familia Soler tenía negocios con la familia Olmos, los Soler siempre le daban más importancia a Diana.
Por eso, cuando Belén volvió con ellos, dentro de esa casa siempre se sintió como una extraña.
Diana tenía departamento propio, acciones en Grupo Soler, y Belén... absolutamente nada.
Si la familia le mostraba un poco de cariño a Belén, Diana armaba tal escándalo que no dejaba a nadie en paz: lloraba, gritaba, incluso amenazaba con hacer locuras.
Durante todos esos años, Belén había vivido reprimida, así que apenas salía de la casa Soler se transformaba, sacando las garras, con la actitud de “ni se atrevan a meterse conmigo”.
Y la verdad, nadie se atrevía a buscarle problemas afuera; incluso Diana solo se atrevía a fastidiarla en casa, escudada en el favoritismo de sus padres.
Ahora que Belén hablaba tan directo, la sonrisa de Bárbara se congeló un instante, luciendo bastante incómoda.
Pero de inmediato se recompuso y contestó sin perder la amabilidad:
—Tengo muchas buenas amigas. Karina también es una de ellas.
Alzó la muñeca y miró la hora.
—Ya se me hizo tarde, tengo que pasar por el instituto. Hablamos luego.
Dicho esto, agarró su bate de béisbol y se marchó a paso rápido.
...
Belén se quedó mirando cómo Bárbara se alejaba, observando cómo sus caderas se balanceaban con cada paso, firmes y bien formadas. Sin pensarlo, se llevó una mano a su propio trasero.
—Vaya, vaya, no por nada le dicen la reina de Villa Quechua. Sí que se mantiene en forma.
De repente, Belén estiró la mano y le dio unas palmadas en el trasero a Karina.
—Aunque el tuyo tampoco está nada mal. Un día de estos deberías animarte a jugar béisbol, a ver si le ganas.
—¡Anímate tú! —Karina rodó los ojos, apartando la mano de Belén con fastidio—. Ni de chiste me meto a eso.
Pero Belén pareció descubrir algo inesperado y, de golpe, dio un salto hacia atrás, observando a Karina de arriba abajo.

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