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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 316

A la mañana siguiente, cuando Karina despertó, el lado de la cama junto a ella ya estaba vacío.

En la pantalla del celular había un post-it pegado, la letra era tan desenvuelta y atrevida como el mismo Lázaro.

[El desayuno está en la olla, cómelo antes de ponerte a trabajar.]

[Hoy voy a la base militar, puede que no me puedas contactar. Si necesitas algo, busca a Mario.]

Por un instante, Karina sintió cómo algo se ablandaba en lo más hondo de su pecho.

Despegó la nota con cuidado y la guardó perfectamente doblada en el cajón de la mesita de noche.

Se levantó la cobija y, descalza, se preparó para bajar de la cama.

De reojo, notó que el bote de basura junto a la cama estaba impecable, recién vaciado.

En ese instante, el rubor le subió a las mejillas.

La noche anterior había sido de lo más alocada.

Aunque la verdad es que estuvo tan agotada, que después de una sola ronda, aprovechó cuando Lázaro fue por agua y se quedó dormida.

Aun así, él se había tomado la molestia de limpiar hasta la basura.

Ese hombre, tan salvaje en la cama, era igual de detallista fuera de ella.

Sin embargo, ese cariño medido era justo lo que le daba a su piel un color más vivo y la hacía sentirse llena de energía.

Al sentarse frente a la computadora, sus dedos volaban sobre el teclado, programando a una velocidad nueva.

Durante los días siguientes, Karina se sumergió por completo en modo “preparación total”.

Su vida giraba en torno a dos cosas: programar y memorizar conceptos técnicos.

El torneo de IA llegaría a principios de diciembre, y al final del mismo mes tenía el examen de ingreso a la maestría.

El tiempo la apremiaba, así que exprimía cada minuto como si valiera el doble.

Por las noches, recostada en la cama, su mente giraba entre corrientes de datos y modelos de algoritmos, o planeando hasta dónde perfeccionar el sistema al día siguiente.

Varias veces, Lázaro salió de bañarse con la intención de acercarse a ella.

Pero se topaba con Karina, seria frente a la computadora, o ya rindiéndose al sueño sobre el escritorio.

Al final, el hombre solo podía suspirar, entre resignación y ternura, y cargarla con cuidado de regreso a la cama.

...

En uno de esos clips, el dueño de una tienda gritaba emocionado a la fila de gente que esperaba en la entrada:

[Ya no hay lugares, ¡ya no hay! ¡Todas las reservas de hoy y mañana están llenas! Si quieren jugar, regresen pasado mañana.]

Desde la fila, alguien le gritó con entusiasmo:

[¡Oiga, jefe! ¿Y no puede comprar más cabinas de juego?]

El dueño, con la cara iluminada y un dejo de resignación presumida, contestó:

[¡Yo también quisiera! Pero Innovación Infinita solo nos dio permiso para tres cabinas por tienda, ni aunque quiera puedo poner más.]

El juego se había transformado por completo desde la vez que Karina lo probó en Grupo Juárez.

Ahora tenía cabinas de juego especiales.

La gente debía recostarse, casi medio acostada, dentro de una cápsula cuyas paredes funcionaban como un enorme panel táctil. Tras registrar sus datos y ponerse los lentes VR, entraban a ese mundo tan extraño como real.

Los que entraban lo hacían llenos de curiosidad y emoción.

Los que salían, sin excepción, lo hacían con los ojos hinchados de tanto llorar.

En redes sociales, cientos compartían sus historias y experiencias.

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