Karina no había esperado ni cinco minutos en el carro cuando Belén, toda apurada, abrió la puerta y se dejó caer en el asiento de al lado.
Ni siquiera le dio tiempo de recuperar el aliento cuando ya estaba apurando al chofer.
—¡Rodrigo! ¡Arranca el carro ya! ¡Rápido!
Karina la miró con una mezcla de sorpresa y diversión ante su actitud tan alarmada.
—¿Qué te pasó? ¿Por qué tanta prisa? ¿Viste un fantasma o qué?
—¡Peor que un fantasma! —Belén se llevó la mano al pecho, como si todavía no se hubiera recuperado del susto.
Karina sintió curiosidad y tanteó el terreno:
—¿Por casualidad te topaste con el señor Juárez y la señora Juárez?
Belén se giró tan rápido que casi se le salen los ojos de la sorpresa.
—¡¿Tú también los viste?!
—No —Karina negó con la cabeza—. El señor Boris me sacó por la puerta de atrás del patio de mi abuela.
—Menos mal, menos mal —Belén dejó escapar un gran suspiro y se dejó caer, exhausta, en el asiento—. Qué bueno que no te los topaste, esos dos dan más miedo que el mismo diablo.
Karina ya había escuchado un par de cosas.
El señor Lázaro era el candidato favorito a la presidencia, y la señora Juárez también ocupaba un puesto importante en el gobierno.
Para las próximas elecciones, la familia Juárez había estado organizando eventos benéficos a diestra y siniestra, y su popularidad estaba por las nubes.
No pudo evitar comentar:
—No creo que sean tan terribles como dices. El señor Lázaro puede que hasta sea presidente el año que viene.
—¡Ni lo digas!
De repente, Belén se enderezó y la miró con desprecio.
—Si alguna vez tienes la oportunidad de votar, ni se te ocurra darle tu voto.
—¿Por qué? —preguntó Karina, desconcertada.
Belén echó un vistazo hacia el asiento del conductor y luego apretó el botón del vidrio que separaba su asiento del de Rodrigo, asegurándose de que nadie más pudiera escuchar. Solo entonces se acercó a Karina y, en voz baja, como si estuviera contando el mayor secreto del mundo, le susurró:
—Te lo cuento, pero no se lo digas a nadie. Dicen que el señor Lázaro, por su carrera política, fue capaz de dejar a su propio hijo inválido.
—Si ni para el Día de Muertos nos dan descanso, menos para esta fiesta. Si vieras cómo es de duro Sebastián con los empleados… Ya te digo, solo aguanto este año. Si después de esto sigo trabajando para él, de plano que soy su esclava.
Karina se aguantó la risa.
Solo de pensar que en el futuro esos dos acabarían casándose, se le hacía de lo más gracioso.
De repente, se le ocurrió bromear:
—Mira que yo ya me casé, ¿tú no piensas buscarte un novio?
—Justo estaba pensando en eso —Belén enseguida se animó y hasta le pellizcó la mejilla a Karina—. Mira nada más cómo te tiene tu marido, hasta la piel se te ve más suave y bonita.
Se acercó más y bajó la voz:
—Mis papás ya me consiguieron otra cita a ciegas. Dicen que el tipo vino de Ciudad Alba para cerrar un negocio. Cuando termine, me lo van a presentar. ¿Me acompañas a verlo? Si me late, igual y me animo a salir con él. ¿Qué dices?
Karina, arrepentida de haber sacado el tema, se apretó las sienes con la mano.
—Estos días ando ocupada, no creo poder.
—¿Por qué no le pides a Sebastián que te acompañe?

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