Belén tenía una expresión que gritaba “¿estás loca?” y soltó:
—¿A quién se le ocurre ir a una cita a ciegas llevando a su jefa? ¿Será que quiero que me despidan o qué?
Acto seguido, se abrazó del brazo de Karina y, con voz melosa, empezó a rogarle.
—Kari, porfa, Kari, solo un ratito, ¿sí? Ven conmigo, te lo suplico, ¿sí?
—Mira que, con lo ocupada que has estado, ni siquiera hemos podido ir a hacernos las uñas. ¿De veras no puedes concederme este pequeño favor?
Karina, que no soportaba verla así, terminó rindiéndose.
—Bueno, bueno, está bien.
Los ojos de Belén se iluminaron y estuvo a punto de saltar de alegría, pero Karina, tranquila, agregó:
—Mañana en la noche paso antes por Paraíso Austral, agendo una manicura a domicilio y te acompaño a hacernos las uñas.
—Ya ni modo, las mías ya se están cayendo y se ven horribles.
Belén hizo un puchero, visiblemente decepcionada.
El carro pronto se detuvo frente al edificio de Veritas & Clue.
Después de dejar a Belén, Karina miró la hora. Todavía era temprano.
Aprovechó para regresar a su apartamento. Encendió la laptop y escribió unas líneas de código, cuando su celular vibró de repente.
Era un mensaje de Lázaro.
[Mi amada esposa: Tengo un asunto que atender, ve tú primero. Ya le pedí a Mario que lleve los regalos, quizá yo llegue un poco tarde.]
Karina frunció el ceño, preocupada.
Pensó de inmediato en una urgencia en la estación de bomberos. Solo imaginar esas situaciones de vida o muerte le apretaba el corazón.
Rápido le contestó:
[Cuídate mucho, no te preocupes por llegar rápido.]
...
Cuando Karina llegó a la mansión Herrera, justo en el estacionamiento vio a Mario.
Llevaba varias bolsas de regalos de todos los tamaños. Al ver el carro de Karina, se apresuró a su encuentro.
—¡Señora! Estos regalos me los encargó el señor Lázaro para que se los trajera.
Karina bajó del carro, su mirada fue directa a los obsequios en las manos de Mario.
—¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Llegó una invitada! ¡Es una señorita muy guapa!
Karina no pudo evitar reírse con resignación.
Era la primera vez que veía a los hijos de sus compañeros de aprendizaje.
Incluyéndose a sí misma, el profesor Víctor había aceptado a seis discípulos.
Ella era la menor, con cuatro hermanos y una hermana mayor.
El hermano mayor y el quinto siempre andaban fuera del país, dedicados a la investigación, así que no lograron llegar ese día.
Karina atravesó el corredor tallado, cruzó un arco redondo y llegó al centro del jardín.
Allí, en el kiosco, estaban Enzo, Octavio y Beatriz acompañando a su maestro, quien lucía lleno de energía, compartiendo bebidas y platicando animadamente.
Enzo trabajaba ahora en el Ministerio Nacional de Tecnología Aeroespacial, especializado en sistemas inteligentes para cohetes.
Octavio lideraba el equipo de tecnología más importante bajo el mando del señor Boris; el revolucionario sistema de conexión neuronal, que él y su equipo desarrollaron, seguiría siendo referencia al menos por siete años.
Por su parte, Beatriz había fundado su propia empresa en Ciudad Alba y, en apenas unos años, ya se había posicionado como una de las figuras más prometedoras del sector tecnológico.
Todos y cada uno de ellos eran tan destacados que cualquier paso que dieran hacía retumbar la industria entera.

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