Cuando Lázaro salió de la recámara ya vestido con su pijama, Karina seguía en el baño, frotándose las manos una y otra vez bajo el chorro de agua.
Después de tanto batallar con sus emociones, ese torbellino de tristeza que la había agobiado se fue apaciguando poco a poco, aunque lo que quedó fue un cansancio que le calaba hasta los huesos.
No tenía fuerzas ni para bañarse. Apenas rozó la almohada y, en cuestión de segundos, ya estaba profundamente dormida.
Lázaro echó un vistazo al sofá de la sala, donde Javier dormía hecho bolita, y no pudo evitar soltar un suspiro resignado. Se agachó, lo cargó en brazos y lo llevó arriba, al departamento.
...
Al mismo tiempo, en la mansión familiar.
Gonzalo iba y venía por la sala, inquieto, como león enjaulado.
La notificación del juicio que el despacho de abogados les envió esa tarde pendía sobre su cabeza como una espada lista para caer. Por más que lo intentaba, ya no podía fingir esa calma elegante que solía mostrar ante todos.
Esperó, impaciente, hasta la madrugada. Solo entonces apareció Sabrina, caminando con paso tambaleante.
Entró empujando la puerta, trayendo consigo el olor a alcohol. El vestido elegante que llevaba, de esos que se notan caros a simple vista, estaba todo arrugado y sin forma.
A Gonzalo se le encendió la rabia en un instante. Atravesó la sala de dos zancadas y le sujetó la muñeca, apretando con más fuerza de la necesaria.
—¿Otra vez anduviste de fiesta con algún tipo? —le soltó, el enojo a flor de piel—. ¡¿Estamos en medio de este lío y tú sigues buscando a quién treparte para escalar posiciones?!
Sabrina se zafó de su agarre con un movimiento brusco, acomodándose el vestido con desdén.
—Mírate nada más, qué poca cosa eres —respondió, lanzando una carcajada seca antes de ir a sentarse al sillón.
Gonzalo la siguió enseguida, incapaz ya de contenerse. Le habló entre dientes, con la voz ronca por la rabia:
—¡Si no fuera porque Fátima se encaprichó con Valentín y tú apareciste de la nada, todo esto no habría salido tan pronto a la luz!
—Ahora míranos, madre e hija me demandan. Seguro que en este tiempo ya juntaron un montón de pruebas contra mí.
—Si termino en la cárcel, ¡tú tampoco vas a salir bien librada!
Pero lo único que obtuvo de Sabrina fue otra risa desdeñosa.
—¿Y el medicamento que te di? ¿No era para que ese viejo sufriera más con el cáncer y se fuera sin dejar nada listo? ¿Todavía tuvo fuerzas para dejar todo preparado?
Nomás de recordarlo, a Gonzalo le regresó el coraje.
—¡Claro que murió sufriendo! Pero justo antes de irse, se dio cuenta de que revisé su computadora, y con su último aliento, dejó la orden.
—Las acciones que debían ser para Yolanda y para mí, ¡se las entregó todas a Karina! Esa mocosa terminó llevándose el cuarenta por ciento de la empresa, todo gracias a ese testamento.
—Si no, ese cuarenta por ciento también sería mío. Ahora todo lo tiene ella.
La expresión de Sabrina se endureció por completo. Lo miró con frialdad, como si Gonzalo fuera incapaz de hacer nada bien.
—Te lo dije: debiste haber aumentado la dosis, que se muriera de una vez y punto. Así Grupo Galaxia habría sido tuyo fácilmente.
—Pero no, te la pasaste dudando, y ahora mira el hoyo en el que nos metiste.
—Perdiste las acciones, no conseguiste los secretos… ¿cómo quieres que nuestra empresa despegue así?

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