Gonzalo sintió que las palabras de Sabrina le atravesaban el pecho como un golpe inesperado.
Ahora, el remordimiento lo carcomía.
Recordaba que, años atrás, podría haberlo hecho de manera limpia y sin complicaciones. Pero justo cuando vio a Yolanda llorar en silencio por aquel viejo enfermo, algo dentro de él se ablandó, como si una sombra de humanidad hubiera decidido asomarse en el peor momento.
Dejó de ponerle la medicina.
Esa breve pausa le dio al anciano un respiro, una oportunidad para recuperarse.
Y no tardó en darse cuenta de que algo no cuadraba. Detectó que alguien había estado usando la computadora de su estudio. Gonzalo se vio obligado a aumentar la dosis del medicamento y, en medio de la prisa, terminó por enviarlo antes de tiempo al otro mundo.
Pero ya era demasiado tarde.
Sí, el viejo murió y Grupo Galaxia terminó en sus manos, pero el secreto más valioso de la compañía, el núcleo de todo, el anciano lo había escondido con uñas y dientes.
Él y Sabrina habían planeado durante media vida ese momento, esperando el instante final para huir juntos al extranjero y fundar su propio imperio tecnológico.
Al menos, eso era lo que soñaron.
La empresa en el extranjero estaba a nombre de Sabrina, sí, pero sin la tecnología esencial, solo era una fachada vacía, una fuga constante de dinero mes tras mes.
De no ser porque Gonzalo había estado robando, durante años, varios sistemas a medio desarrollar de Karina —esos que ella ni siquiera había patentado todavía— y los vendía como si fueran inventos propios, la empresa ya habría quebrado hace rato.
Al recordar esto, la mirada de Gonzalo se tornó aún más oscura y sombría.
Él y Sabrina salieron de un pueblito tan miserable que ni los pájaros pasaban por ahí. Una vez que probaron el brillo de la ciudad, la sofisticación y el lujo de Villa Quechua, supieron que jamás volverían a la miseria.
Al descubrir cómo vivía la gente rica, se despertó en ellos una ambición desmedida: no solo querían una parte, querían quedarse con todo. Y si iban a hacerle trampa a alguien, tenía que ser a la familia más poderosa de todas.
Yolanda era la presa ideal, la joya más inocente de los Sierra. Sabrina se acercó primero, tanteando el terreno, y descubrió que Yolanda era tan inocente como parecía. Dulce, ingenua, criada como una flor de invernadero que jamás había visto una tormenta.
Personas así eran las más fáciles de engañar.
El plan funcionó con una facilidad casi ridícula.
—A mí, como mucho, me tachan de la amante con la que engañaste a tu esposa. Mi reputación se mancha, sí, pero no me meten a la cárcel. ¿Eso a mí qué?
Se detuvo un instante, luego acercó su brazo, enroscándolo alrededor del cuello de Gonzalo como una serpiente.
—Pero no te olvides de la compañía en el extranjero. Sigue esperando por ese secreto que nos prometiste.
—Si logras conseguirlo, te juro que te preparo todo para que te largues del país. Nos vamos juntos, armamos nuestro propio imperio y vivimos como siempre soñamos. ¿No te parece mejor?
Gonzalo sentía cómo la desesperación lo ahogaba.
—¿Y cómo se supone que lo consiga? Esos viejos de Grupo Galaxia me vigilan como si fuera un ladrón.
—¿Y a ti qué te apura? —Sabrina le guiñó el ojo, con una sonrisa traviesa—. Los socios de Galaxia ya están viejos, ¿cuánto les puede quedar? No van a llevarse ese secreto a la tumba, ¿verdad?
Se inclinó hacia Gonzalo y, con voz baja y venenosa, empezó a explicarle su plan...

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