—¡Kari! ¡No te adelantes! ¡Voy contigo! —Belén se apresuró a seguirla.
...
Cuando Karina llegó al hospital, lo primero que vio fue a Sabrina recargada en la puerta del balcón del pasillo.
Entre los dedos sostenía un cigarro delgado de mujer. Llevaba un vestido elegante verde oscuro que resaltaba la silueta de su figura todavía esbelta.
Al ver pasar a Karina, que iba acompañada y con el rostro tenso, Sabrina esbozó una sonrisa sutil y sus ojos se llenaron de satisfacción.
Sin prisa alguna, se dio la vuelta, apagó el cigarro en el basurero y caminó también hacia la zona de las habitaciones.
...
En la habitación, Yolanda ya había despertado, aunque en su cara aún se notaba confusión.
Jimena estaba junto a la cama, limpiándose las lágrimas una y otra vez.
—¡Mamá!
Karina corrió hasta la cama, dispuesta a hablar, pero en ese momento la doctora Eloísa, vestida con bata blanca, la detuvo de repente tomándola del brazo.
—Ven a mi oficina, vamos a platicar.
Karina reaccionó de inmediato.
—¿Qué le pasa a mi madre? ¿Por qué no me lo dice aquí?
Yolanda intentó decir algo, moviendo los labios sin voz.
Pero Eloísa la interrumpió, con voz firme:
—Ven conmigo a la oficina, ¿o quieres que lo diga todo aquí frente a la paciente?
Karina sintió que algo andaba mal.
Respiró hondo, y volteó hacia Belén.
—Belén, quédate con mi mamá y platiquen un rato. Yo regreso en un momento.
—Claro —Belén enseguida fue hacia la cama para acompañar a Yolanda.
Karina se dio la vuelta para salir. De reojo, notó que Sabrina las seguía a cierta distancia, ni cerca ni lejos.
Si alguien quería presenciar el drama, ella pensaba darle el espectáculo completo.
Se llevó la mano a la cara, como tratando de secarse una lágrima, aunque en sus ojos no había nada.
Eloísa la miró de reojo, arqueando las cejas.
—Aunque te quedes ciega de tanto llorar, los hechos no van a cambiar.
Karina no respondió. Bajó la cabeza, y la siguió en silencio hacia la oficina.
Apenas entraron, Sabrina regresó a la habitación.
Sacó de su bolso unos audífonos bluetooth y los colocó. Luego desbloqueó su celular.
Por si Eloísa no cooperaba, ya había puesto un micrófono escondido en la oficina de la doctora.
Fátima corrió emocionada hacia ella.
—Mamá, ¿la doctora Eloísa ya soltó la sopa? ¿Puedo escuchar?
Y, de pronto, Eloísa fue aún más dura.
—Si sigue empeorando y la presión afecta los nervios responsables del movimiento, el peor escenario… sería una amputación.
—Por eso, es mejor que no se vayan del hospital. Así podemos monitorearla todo el tiempo.
—…Entiendo.
Karina bajó la cabeza y salió de la oficina.
...
Al regresar a la habitación, cerró la puerta tras de sí.
Su fachada de fragilidad desapareció de golpe. En su lugar apareció una calma impasible, casi helada.
Jimena corrió hacia ella, los ojos rojos de tanto llorar.
—Señorita, ¿qué dijo la doctora Eloísa? ¿Qué le está pasando a la señora?
Karina no le respondió. Se acercó directo a la cama.
Yolanda, al ver la expresión de su hija, supo de inmediato que algo no cuadraba.
Ella se sentía bastante bien, nada parecido a lo que decían.
En voz baja, preguntó:
—Kari, en unos días será la audiencia. Dime la verdad, ¿Gonzalo sobornó a la doctora Eloísa para que yo no pueda testificar?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador