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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 355

Después de despedir a los tres directores, la enorme Villa Nubevalle volvió a quedar en silencio, tan vacía que hasta el eco parecía colarse entre las paredes.

En la mesa del comedor, los platillos cuidadosamente preparados apenas habían sido tocados.

Karina se sirvió un poco de arroz, lo acompañó con un poco de brócoli al vapor y, sin decir palabra, empezó a comer despacio.

A medida que masticaba, sintió cómo los ojos se le llenaban de lágrimas de golpe, sin previo aviso.

Dejó el tenedor a un lado, se limpió los ojos con el dorso de la mano, pero las lágrimas, como si se hubieran puesto de acuerdo, siguieron cayendo una tras otra, imposibles de detener.

No era su intención llorar.

Pero cada vez que pensaba en los dolores que sufrió su abuelo en el hospital, y que todo había sido provocado adrede, no podía con la rabia y la tristeza.

Y luego, se imaginaba el día del juicio, cuando presentara el video y su madre se enterara de la verdad… la imagen de su madre destrozada la hacía sentir como si una piedra enorme le aplastara el pecho, impidiéndole respirar.

...

Al salir de Villa Nubevalle, ya había oscurecido por completo.

Karina, cargando la comida que había empacado, regresó a su apartamento.

No pasó por el hospital.

Le daba miedo ver a su madre y que, con solo mirarla, todo lo que sentía por la muerte de su abuelo se desbordara, y no pudiera dejar de llorar.

Mientras tanto, Lázaro llevaba a Javier de regreso del hospital.

Cuando abrió la puerta del apartamento, encontró el lugar envuelto en una tranquilidad extraña.

Karina ya se había bañado y estaba dormida en la cama.

Lázaro miró el reloj: apenas eran las nueve.

Por lo general, a esa hora ella seguía en el estudio frente a la computadora, programando, o leyendo algún libro en la sala.

¿Por qué se habría dormido tan temprano hoy?

Sin hacer ruido, se acercó y le tocó la frente con la palma de la mano.

No tenía fiebre.

Respiró aliviado y se quedó observando su cara.

Su piel era tan blanca como la porcelana más fina, y las largas pestañas le proyectaban una sombra delicada bajo los ojos.

Sus labios, carnosos y de un tono rojizo natural, daban ganas de probarlos, como si fueran una fruta recién cortada.

Lázaro tragó saliva, y sin resistirse, se inclinó y la besó.

Las pestañas de Karina temblaron suavemente; medio dormida, abrió los ojos confundida.

Su voz salió tan suave que apenas se escuchaba.

Lázaro sentía que lo de Karina no era solo cansancio físico, había algo más.

Del otro lado, Sebastián soltó una risa.

—Vaya, Lázaro, solo me buscas para hablar de tu esposa. Sal, acompáñame a tomar unas copas y, si te animas, te cuento todo.

—Ya tengo familia, así que no me invites a esas cosas —cortó Lázaro, impaciente—. Cuelgo.

Colgó sin esperar respuesta y marcó a Belén.

La llamada fue contestada casi al instante.

—¿Qué pasó, primo? ¿Todo bien?

—Mi esposa está rara hoy, ¿le pasó algo?

Belén no dudó en contarle todo el chisme sobre Gonzalo y Sabrina, sin omitir ni un solo detalle.

Cuando terminó de escuchar, Lázaro frunció el ceño, la preocupación pintada en su cara.

De pronto, recordó otro asunto y preguntó con voz dura:

—¿Averiguaste ya quién es el traidor que tiene cerca?

—¡Sí! —respondió Belén, poniéndose seria al instante—. Es esa persona que siempre está…

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