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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 361

Karina, medio dormida, sintió un calor húmedo y cosquilleante en la oreja.

Se encogió de hombros por instinto, igual que un gato al que acaban de molestar, y murmuró con voz suave y adormilada.

—Tengo mucho sueño...

Se giró, estiró el brazo y, sin querer, abrazó la cintura del hombre que estaba a su lado, restregando la mejilla contra sus abdominales.

—Hablamos cuando despierte, ¿sí?

Su voz sonaba nasal y confusa, pero rebosaba una confianza y dependencia absoluta.

Lázaro se quedó completamente rígido.

La llama de deseo que llevaba dentro, con esa caricia inconsciente, se avivó todavía más.

Bajó la mirada y contempló a la mujer dormida entre sus brazos, tan indefensa, tan tranquila, que en sus ojos se arremolinó una tormenta oscura de emociones. Al final, solo pudo suspirar, derrotado.

Se inclinó y le dejó un beso intenso y contenido en la frente, tan caliente que casi quemaba.

Ya está. No hay prisa en pedirle cuentas.

Lázaro se levantó y se fue al baño.

Poco después, el sonido del agua llenó el silencio, el chorro helado golpeando sus músculos tensos, cubriendo todo de vapor, pero ni así lograba apagar ese incendio por dentro.

...

Al día siguiente.

Cuando Karina despertó, escuchó el suave roce de la ropa.

Parpadeó, aún entre sueños, y giró la cabeza. Vio la espalda amplia y recta de Lázaro.

Ya estaba vestido, cerrando el broche de sus pantalones de trabajo.

Karina se quedó desconcertada.

Ese hombre, siempre tan intenso, que apenas tenía oportunidad quería devorarla entera. Anoche, ella le había prometido ayudarlo en la mañana, ¿y ahora... simplemente la dejó descansar?

Como si pudiera adivinar sus pensamientos, Lázaro terminó de abrocharse y se giró de golpe.

Sus miradas se cruzaron. Karina tenía los ojos grandes y llenos de sorpresa. Lázaro tragó saliva, y sin decir palabra, se inclinó y la cubrió con su sombra.

Karina, por puro reflejo, se tapó la boca.

—No me he lavado los dientes...

Lázaro le sujetó la muñeca y apartó la mano.

—No me importa.

Y sin más, la besó, con esa intensidad única de la mañana, un aire arrollador que solo él podía tener.

A los pocos segundos, su respiración ya se había hecho pesada.

Karina contestó rápido.

—Sí, ya estoy despierta. En cuanto termine de arreglarme, salgo.

En poco tiempo se preparó y abrió la puerta. Como un torpedo, Javier corrió y se aferró a su pierna.

El pequeño la miró con su carita blanca y sonriente, agitando la muñeca para mostrarle su reloj infantil.

—Señorita, mi mamá dice que hoy en la tarde viene por mí.

Karina se quedó un poco sorprendida.

Aunque no era fan de los niños, Javier era tan tierno y bien portado que, en esos días juntos, hasta había empezado a cambiar de opinión respecto a los niños.

Escuchar que ya se iba... le dio una punzadita de tristeza.

—Entonces, después de desayunar, te llevo al centro comercial y te compro los juguetes que más te gusten, ¿te parece?

Javier abrió mucho los ojos, como todo un adulto en miniatura, y preguntó:

—¿Y no gastamos mucho? Si es mucho dinero, mejor no, señorita. Guárdalo para el bebé.

A Karina le dio risa y no resistió la tentación de despeinar su cabello suave.

—¿Desde cuándo te preocupas por mi cartera? No te preocupes, tampoco voy a dejar al bebé sin nada.

Solo pensó que era cosa de niños y, sin darle más vueltas, fue a preparar el desayuno.

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