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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 517

Al mismo tiempo, en una sala privada de la cafetería de lujo Villa Quechua, se llevaba a cabo una reunión secreta.

Bárbara removía su café con la cucharita, y sin rodeos preguntó:

—¿Ya investigaste la relación entre Lázaro y Boris?

Enfrente de ella, Sabrina lucía un cansancio imposible de ocultar. Ni el maquillaje más caro podía disimular las ojeras marcadas ni ese desgaste que se le notaba hasta en los huesos.

Sabrina había tenido una vida fácil: todo lo que quería, lo conseguía sin esfuerzo. Pero desde que había regresado al país, todo se le escapaba de las manos. La reputación de Fátima estaba por los suelos, y ella misma caminaba sobre la cuerda floja: la presión de la opinión pública por un lado, y por el otro Valentín, siempre acechando, como si quisiera verla caer.

En ese momento, Bárbara era su única carta fuerte, la pieza que debía mantener bajo control a cualquier costo.

Con esa idea, Sabrina se obligó a sonreír con aparente tranquilidad.

—Si te cité aquí, es porque ya conseguí información útil.

Bárbara la miró fijamente, esperando que siguiera.

Sabrina dibujó una sonrisa y soltó de golpe la bomba:

—¿Sabías que la señora Juárez tuvo en realidad dos hijos gemelos?

—¿Qué…?

La expresión de Bárbara cambió por completo. Sus dedos apretaron con fuerza el asa de la taza, y el asombro la dejó congelada.

Sabrina, al ver su reacción, sonrió aún más.

—Veo que entiendes lo que representa, en una familia como la Juárez, tener gemelos varones.

Por supuesto que Bárbara lo sabía. En ese círculo, siempre había rumores oscuros, secretos venenosos que todos fingían ignorar.

Recordó de pronto a su madre, quien la había tomado de la mano más de una vez para aconsejarla con insistencia:

—Hijita, si logras tener un hijo de Boris, ¡serás la próxima señora Juárez! Pero escucha bien, nunca permitas que sean gemelos varones.

En ese entonces, Bárbara no entendía y preguntó por qué.

—En la familia Juárez —le había dicho su madre, poniéndose seria—, los gemelos varones siempre han sido una maldición. Desde hace mucho, uno de los gemelos nacía sentenciado: debía ser sacrificado para asegurar la fortuna del otro.

—¿Sacrificado…? —había preguntado Bárbara, horrorizada.

—Así es. El que era elegido para ser sacrificado, nunca era reconocido por la familia, ni siquiera su nombre entraba al registro familiar. Lo abandonaban a su suerte, y casi nunca llegaba a la adultez.

Su madre también le había dicho que, en cambio, tener mellizos —un niño y una niña— era símbolo de buena fortuna y riqueza.

De hecho, el patriarca de los Juárez solo había aceptado a la señora Juárez como esposa porque en su familia había antecedentes de mellizos.

Sabrina frunció el ceño, molesta porque no había terminado de hablar.

Por más que llamó, Bárbara no se detuvo. Su silueta desapareció rápidamente, como si estuviera escapando de algo terrible.

Eso no podía ser normal.

Sabrina sacó el celular y marcó un número con rapidez.

[—Síguela. Averigua a dónde va y qué piensa hacer.]

...

Bárbara salió de la cafetería. El viento frío le golpeó el cuello, pero ni siquiera lo sintió.

—¡Chofer, llévame a la clínica del doctor Valdés! ¡Rápido!

Apenas se sentó en el carro, comenzó a buscar desesperada en su bolso. Las manos le temblaban tanto que no podía abrir el broche.

Por fin encontró el frasco de pastillas, sacó dos y se las tragó sin agua.

Se recostó sobre el respaldo, respirando agitada, y poco a poco el dolor en el pecho y las palpitaciones empezaron a calmarse.

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