—¡Ay, escuchen, escuchen!
La abuela se emocionó como si hubiera encontrado algún tesoro, le dio unas palmadas efusivas a la mano de Karina y, girando la cabeza, le gritó a Lázaro.
—Chamaco, ¿cuántas veladoras habrás encendido en tu vida pasada para merecerte una joya como esta, eh?
—Ay, por el amor de Dios, en todos mis años no había visto una nuera tan considerada y atenta.
—Hoy en día, las muchachas solo piensan en ellas mismas, ¿a poco no? Pero Kari siempre pone a su esposo primero, ¡en todo!
—Nomás te atrevas a tratarla mal o hacerle daño, y vas a ver cómo te dejo sin piernas, ¿oíste?
Lázaro miró a Karina, con una sinceridad que le iluminó la mirada.
—La verdad es que me saqué la lotería contigo.
—Abuela, no se preocupe, yo voy a cuidar a mi esposa como se merece.
Karina se sonrojó tanto con sus palabras que hasta las orejas le ardían, aunque por dentro sentía una alegría dulce e inexplicable.
Pensando que la abuela era de confianza, se acercó y bajó la voz.
—Abuela, tengo que contarle algo... Lo que estoy esperando... son gemelos.
Pero en cuanto terminó de decirlo, la sonrisa de la abuela se congeló de golpe.
Giró la cabeza, mirando a Lázaro con una expresión seria.
Lázaro, que unos segundos antes tenía el ceño relajado, ahora lo arrugó apenas y guardó silencio.
La abuela regresó la vista a Karina, le sostuvo la mano con fuerza, y la miró fijo.
—Niña, ¿estás segura... de que son gemelos?
Karina asintió con cara de sorpresa.
—Sí, abuela, el doctor lo confirmó.
—¿Y... hay algún problema con eso?
La abuela le apretó la mano y le dio unas palmadas tranquilizadoras.
—¡Claro que no hay problema! ¡Al contrario, es una bendición enorme!
Y de inmediato volvió a sonreír de oreja a oreja, tan rápido que cualquiera pensaría que el gesto serio había sido solo una ilusión.
—Solo que me preocupas, mi niña.
—Con ese cuerpecito tan delgado, ya cargar con uno sería todo un reto. Ahora imagínate, dos... Cuando llegues a los últimos meses, quién sabe cuánto vas a batallar.
...
En la cocina, la abuela le pidió a la enfermera que esperara afuera. En cuanto Lázaro entró con la charola de tamales, la enfermera cerró la puerta tras de sí.
La abuela se apoyó en su bastón y guardó silencio un momento.
Lázaro, sin que nadie le dijera nada, se puso a lavar la olla, llenarla de agua y prender la estufa.
—¿No quieren saber el sexo de los bebés porque temen que se repita la tragedia de hace veintiocho años?
La voz de la abuela sonó baja y cargada de nostalgia.
Lázaro se quedó tieso, los hombros tensos como si le hubieran caído encima kilos de peso.
La abuela golpeó suavemente el piso con el bastón.
—Al final, tanto si te arriesgas como si te escondes, el miedo es el mismo.
—Lázaro, no olvides que tu hermano sigue aquí, vivito y coleando.
—Así que desde el principio, ese supuesto misterio no es más que superstición absurda, no tiene ni pies ni cabeza.
—Con lo que tú eres capaz ahora, ¿de verdad crees que no podrías proteger a tus dos hijos?

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