Karina sostuvo la mirada de Valentín, indiferente ante su asombro, como si nada pudiera perturbarla.
Incluso se permitió una ligera sonrisa.
—Estás imaginando cosas.
—Solo escuché ese rumor por casualidad y, por curiosidad, quería preguntarle a alguien que supiera.
El corazón de Valentín, que había estado en vilo, cayó de golpe.
“Menos mal, menos mal”, pensó para sí, sintiendo un alivio inmediato.
Pero esa tranquilidad solo duró un instante, porque de pronto una nueva duda, más densa, lo envolvió.
¿Cómo era posible que Karina escuchara ese tipo de rumores sin razón aparente?
En estos tiempos, solo las familias más poderosas y tradicionales seguían preocupándose por esas cosas para asegurar su legado. La mayoría de las familias adineradas ya no le prestaban atención a esos temas.
Con voz áspera, Valentín preguntó:
—¿No me digas que otra vez estás intentando quedar embarazada?
Karina guardó silencio. Ni lo negó ni lo admitió.
Ese silencio, más que cualquier respuesta clara, alteró a Valentín.
De inmediato, su ansiedad explotó:
—¿De verdad quieres tener un hijo así nada más?
Al notar cómo perdía el control, intentó suavizar el tono.
—Mira, lo que quiero decir es… ¿no podrías… no tener un hijo de otro hombre?
—¿En serio lo conoces? Él…
—Valentín.
Karina lo interrumpió de repente, su voz tan cortante como un ventarrón.
—Las mujeres no somos propiedad de nadie, ni máquinas para tener hijos.
—No se trata de “para quién tenerlo”, sino de si él lo merece, de si me inspira suficiente confianza y amor como para querer criar un hijo juntos.
Se detuvo un instante, su mirada fría y decidida atravesando a Valentín como una flecha.
—Además, aunque no lo conozca del todo, al menos sé que él jamás me daría una bebida con medicina para impedir que quede embarazada.
—¡Pum!—, el mundo de Valentín se sacudió.
Sus ojos se abrieron de par en par.
Ella… ¿ella lo sabía?
¡No! ¡No era posible!
Se había encargado de hacerlo todo en secreto, sin dejar pistas ni involucrar a los empleados. Cada vez, él mismo ponía la medicina en la bebida…
¿Cómo podía…?
En un destello, un recuerdo que había estado enterrando volvió a atravesar su memoria.
El último día antes de que todo cambiara, Karina había revisado su portafolios y encontrado no solo la foto de Fátima, sino también… ¿los medicamentos ocultos en el doble fondo?
Su respiración se detuvo.
Esa figura delgada, que alguna vez fue su mundo entero, ahora estaba separada de él por una distancia insalvable.
En ese momento, un carro negro apareció de la nada y aceleró directamente hacia ellos.
—¡Cuidado!— gritó Valentín, lanzándose hacia Karina y jalándola hacia su pecho.
Ella chocó de lleno contra ese torso familiar y desconocido a la vez. Su nariz se llenó de ese aroma a cedro, y el estómago se le revolvió.
Valentín, a punto de explotar de coraje, se giró hacia el carro para insultar al conductor, pero en ese instante, una mano asomó por la ventana y le mostró un pulgar arriba.
Valentín entrecerró los ojos, desconfiado.
—¡Suéltame!— Karina lo empujó con fuerza, sintiéndose asfixiada en ese abrazo.
En ese momento, otro carro se acercaba.
Valentín reconoció la placa de inmediato. En lugar de soltarla, apretó aún más su abrazo.
Bajó la cabeza, fingiendo preocupación.
—¿Estás bien? ¿No te asustaste?
Karina apretó los dientes.
—Valentín, si vuelves a cruzar la línea, ni de amigos quedamos.
La duda asomó en la mirada de Valentín.
Pero el carro Bentley ya se había detenido a su lado.
La puerta se abrió con rapidez, y una figura alta y elegante bajó de inmediato…

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