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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 530

Karina no pudo evitar reírse, pero no era una risa de alegría, sino de incredulidad ante las palabras de Valentín.

—¿De verdad no entiendes lo que te estoy diciendo, Valentín?

Él la miraba fijamente. Sus ojos, normalmente tan indiferentes y lejanos, ahora brillaban llenos de lágrimas, como si fuera un niño al que el mundo entero hubiera abandonado.

—Karina, yo de verdad no puedo vivir sin ti.

—Mi papá nunca me quiso, mi mamá se fue… En este mundo, solo me quedas tú…

Karina sintió que la frente se le arrugaba de puro fastidio.

En su vida pasada, justo por escuchar esas palabras, se había creído la mentira de que ella era el pilar indispensable en la vida de Valentín.

Por eso, renunció a su carrera, dejó todo de lado para convertirse en la persona que le cocinaba y le daba un hogar cálido.

Ahora entendía que nadie debía cargar con el papel de salvador de otra persona, ni convertirse en la razón por la que alguien se olvida de sí mismo.

Dejar de lado la propia vida por otra persona era, sin duda, la peor decisión que uno podía tomar.

Lo miró y le habló con voz serena:

—Tienes amigos, muchos amigos.

—Valentín, no me obligues a perderte el respeto.

Con esas palabras, cualquier excusa o ruego que estuviera a punto de salir de la boca de Valentín se desvaneció al instante.

Él fijó la mirada en el perfil decidido de Karina y sintió como si algo le apretara el pecho, haciéndolo doler con fuerza.

Pensó que, si a ella le molestaba que él fuera tan insistente, podía dar un paso atrás, empezar de nuevo, volver a ser amigos e ir despacio.

Mientras pudiera quedarse cerca de ella, lo que fuera estaba bien.

La miró con cuidado y preguntó en voz baja:

—Entonces… ¿todavía quieres ser mi amiga?

Karina frunció el ceño, sin responder.

Ese silencio era todo lo que necesitaba para saber la respuesta.

El corazón de Valentín cayó a lo más hondo, y su voz se llenó de súplica.

—Si no podemos ser pareja… ¿ni siquiera podemos ser amigos?

—Crecimos juntos, desde que naciste yo fui tu primer amigo.

—Yo te enseñé a caminar, yo te enseñé a hablar…

—¿De verdad quieres… quieres tirar a la basura estos más de veinte años de… de amistad?

En esos más de veinte años, Valentín sí había sido una presencia fundamental para ella.

Había sido su primer maestro, su primer compañero de juegos; durante mucho tiempo pensó ingenuamente que su historia tendría el mismo final feliz que los cuentos que escuchaba de niña.

Pero la realidad es dura, y las personas cambian con facilidad.

Quizá, por esperar tanto, el golpe de la decepción dolía hasta los huesos.

Podrían llamarla cruel, podrían decir que no tenía corazón, pero lo cierto era que no podía perdonar ni mirar atrás.

—¿Por qué preguntas eso de repente?

Karina fingió que se iba.

—¿No lo sabes? Entonces mejor me voy.

—¡No te vayas! —gritó Valentín, tratando de detenerla—. ¡Sí sé! Pregúntame lo que quieras, yo te cuento todo.

—En las familias con mucho dinero como la mía, siempre dicen que los gemelos traen mala suerte.

—Cuentan que desde que nacen están marcados por la desgracia, que en una misma familia no pueden coexistir dos, y que para salvar a uno, hay que sacrificar al otro.

El corazón de Karina dio un vuelco y preguntó, casi en un susurro:

—¿Sacrificar? ¿Cómo se supone que los sacrifican?

Valentín contestó con tono seco:

—¿Qué otra cosa puede ser? O matan a uno apenas nace, o lo mandan lejos y nunca más puede volver.

—Si no lo hacen, dicen que los dos hermanos acabarán peleados, y uno de ellos no tendrá un buen final.

—¡Qué disparate! —Karina no pudo evitar reírse—. ¿En serio todavía hay gente que se cree esas tonterías?

Su reacción exagerada hizo que Valentín notara algo extraño.

De pronto, como si hubiera entendido algo, la miró con los ojos abiertos y después dirigió la vista a su vientre, sin poder creer lo que se le pasaba por la cabeza.

—No me digas que tú…

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