Lázaro no pudo evitar sonreír ante la chispa traviesa en los ojos de Karina, resignado y divertido a la vez.
Alargando el brazo, la jaló suavemente hasta acurrucarla en su pecho. Delante de todos, se inclinó y le robó un beso, corto pero lo bastante claro para dejar su marca.
—Entonces... —murmuró él, soltándola, la voz ronca—, ¿ahora sí me consideras tu novio?
La chica que estaba cerca se puso blanca del coraje, dio un pisotón y se marchó furiosa.
Karina, con una sonrisa satisfecha, entrelazó sus dedos con los de él y levantó la barbilla con aire triunfal.
—Vamos, ¡quiero ir a atrapar peluches!
Ese día parecía que la suerte estaba de su lado. No pasó mucho antes de que Karina lograra sacar una montaña de peluches que le encantaban.
Al salir de la zona de juegos, Lázaro apenas podía cargar con todo lo que llevaban en las manos.
Caminaron apenas unos metros y se toparon con una tienda enorme de experiencias de realidad virtual. Afuera, una pantalla gigante mostraba el póster promocional de Vórtice de Sueños, ocupando el lugar más destacado. La tienda estaba a reventar de gente.
Karina se quedó viendo el póster y le preguntó a Lázaro:
—Oye, ¿hay alguien a quien quisieras ver, pero sabes que ya no puedes? Este juego puede cumplir ese deseo, ¿te animas a probar?
Lázaro se quedó mirando la pantalla, los ojos oscurecidos, pero no respondió.
Una pareja joven que salía justo en ese momento los escuchó y se quejó:
—Olvídate, todas las citas de hoy ya se agotaron. Si quieres jugar, tienes que venir mañana bien tempranito a hacer fila.
A Karina le sorprendió la popularidad del juego. En esta vida, Vórtice de Sueños estaba causando aún más sensación de lo que imaginaba.
No pudo evitar murmurar:
—Grupo Juárez seguro va a hacer una fortuna con esto. Ya me puedo imaginar que a fin de año vuelven a meterse entre los cien mejores grupos del mundo.
Lázaro no dijo nada.
Karina tampoco insistió y lo jaló para seguir caminando.
No tardaron en aparecer unos guardias que, muy atentos, recogieron todas las cosas y los peluches para llevarlos al carro.
Al pasar frente a una tienda de productos para bebés, Karina arrastró a Lázaro hasta adentro sin pensarlo.
Era la primera vez que entraba a una tienda así.
—¡Lázaro, mira esto! —gritó emocionada, tomando un zapatito diminuto entre las manos—. ¡Qué pequeño es! ¿De verdad los pies de un bebé recién nacido son así de chiquitos?
—¡Y mira esta ropita! ¡No puede ser más adorable! ¡Parece un pañuelito!
—Mira, estas calcetitas... ¡puedo llenarlas solo con mi dedo!
—¡Mira este biberón, qué tierno!
—¡Compórtate, estamos en una tienda de bebés!
Lázaro primero se quedó pasmado, pero al instante captó el malentendido y no pudo evitar una sonrisa divertida.
No aclaró nada; solo curvó los labios y dejó que ella siguiera pensando lo que quisiera.
Al momento de pagar, Karina sacó su celular para escanear el código y hacer el pago.
Lázaro, por su parte, no tenía ni un pelo de machista. Había entregado su tarjeta de débito desde hacía tiempo, y ahora solo se quedó al lado de ella, cargando todas las bolsas como si fuera su asistente personal.
Al salir de la tienda, todavía les dio tiempo de pasar por dos tiendas de ropa más, pero Karina ya empezaba a sentirse cansada.
Se sentaron en una banca de la zona de descanso. Lázaro dejó las bolsas a un lado y se acomodó junto a ella.
Sin decir nada, levantó las piernas de Karina y las acomodó sobre sus propios muslos.
Con sus manos grandes, empezó a masajearle los tobillos, con la presión justa.
La gente iba y venía, y varias miradas curiosas se posaron sobre ellos.
Karina, de lo penosa que era, quiso quitar las piernas de inmediato.
—No te muevas —le advirtió Lázaro, sujetándole el tobillo para que no se escapara—. Déjame masajearte, vas a ver que te alivia.
El masaje era tan bueno que Karina sintió el alivio de inmediato, y decidió dejarse consentir.

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