Las manos de Lázaro se detuvieron por un segundo.
—No importa si son mellizos o gemelos, yo los voy a querer igual.
Karina apenas sonrió, a punto de responder.
Pero el hombre añadió enseguida:
—Claro, si fueran niño y niña, pues mucho mejor.
Listo, con eso parecía que si no eran niño y niña, jamás podría tratarlos igual. Una sola frase y ya había echado a perder el momento.
Karina soltó un suspiro, guardándose las palabras que tenía en la punta de la lengua.
—¿Falta mucho?
—Diez minutos. Si te da sueño, puedes dormirte antes. Cuando termine te ayudo a limpiarte.
Karina pensó que con esas condiciones, ¿cómo iba a poder dormirse? Esperó a que él terminara y, después de que la limpió con una toalla tibia y suave, Karina se envolvió en las cobijas y al fin cayó rendida.
...
Al día siguiente, Karina abrió los ojos con pereza y vio que el lugar a su lado ya estaba vacío.
Lázaro se había ido a trabajar desde temprano.
Después de pasar todo un día juntos, la soledad le resultaba extraña, como si le faltara algo indispensable.
Tomó su celular y abrió el mensaje que le había mandado Hugo.
[Srta. Karina, hoy a las diez hay una junta del consejo en el Grupo. Se va a tomar la decisión final sobre el Proyecto Chispa de Apoyo al Campo. ¿Asistirá usted?]
Karina frunció el ceño.
¿Decisión final por medio del consejo? Eso solo podía significar que el proyecto estaba recibiendo mucha resistencia. Seguro que, terminando esa reunión, los de siempre iban a tirar su proyecto a la basura antes de que naciera.
Desde el concurso de inteligencia artificial, no había regresado al Grupo; tampoco tenía ganas de aguantar los falsos cumplidos de todos esos directivos. Cuando necesitaban algo, Hugo iba directo con ella para que firmara y listo.
Pero esta vez, por ese proyecto de apoyo al campo, no podía faltar.
[Voy a asistir.] respondió.
Ya era hora de regresar y recordarle a esa bola quién tenía la última palabra en el Grupo Galaxia.
Se quitó las cobijas y bajó de la cama.
Karina le tomó la mano, sintiendo cómo se le apretaba el corazón.
—Pero mira el precio tan alto que tuviste que pagar por rebelarte, Belén.
—Bah, no fue para tanto. No me morí, ¿verdad? Mientras siga viva, aquí sigo dando batalla.
El comentario provocó que Karina soltara una risa entre lágrimas; le apretó la mano y le reclamó con ternura:
—¡Nada de hablar de morirse! Tienes que recuperarte rápido, ¿oíste?
Se volvió hacia Mario, que estaba cerca, y le encargó con seriedad:
—Tienes que cuidarla bien, Mario. No la dejes moverse mucho, el cuerpo tarda en sanar y con tantos golpes hay que ser pacientes.
Mario asintió con fuerza, con una mirada llena de preocupación.
—No se preocupe, yo voy a estar pegado a ella todo el tiempo.
Mientras hablaba, ya le servía la sopa que Karina había traído.
—Belén, ¿quieres tomar un poco de sopa?

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