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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 614

Después de dejar a Yolanda Sierra en Privadas del Lago, el Bentley dio la vuelta y se dirigió hacia Paraíso Austral.

Ya solo quedaban ellos dos en el carro, así que Karina Leyva por fin habló:

—Si se te complica o no es un buen momento para que nos reunamos con tus papás, díselo directamente a mi mamá. No tienes que forzarte a nada.

Lázaro Juárez apretó sus delgados labios, pero en lugar de responder a la pregunta, le devolvió otra.

—¿De verdad estás dispuesta a que te registren bajo mi mismo domicilio?

Karina se quedó perpleja un instante, pero enseguida se rio.

—¿Y por qué no iba a estarlo?

Puso su mano sobre la de él, que sujetaba el volante, y su voz se suavizó.

—Somos un matrimonio legalmente constituido, desde hace mucho que deberíamos estar registrados juntos.

Hizo una pausa y añadió con un dejo de resignación:

—Lo que pasa es que, si yo me cambio, mi mamá se quedaría sola en su registro, por eso nunca lo había mencionado.

—Esta vez fue ella quien lo propuso. Supongo que también espera… que puedas tener una familia de verdad.

Lázaro reaccionó al instante, girando la mano para aferrar la de ella con fuerza.

Una oleada de calor le subió directo a los ojos, enrojeciéndoselos de inmediato.

Familia…

Esa palabra, para él, era extraña y lejana, cargada de un dolor que prefería no tocar.

Pero al salir de la boca de ella, llevaba consigo una calidez capaz de sanarlo todo.

Tras un largo silencio, su voz salió increíblemente ronca.

—De acuerdo.

—Buscaré la oportunidad de reunir a mis padres para que se conozcan contigo y con mamá.

Karina curvó los labios en una sonrisa radiante.

Quizás estaba realmente cansada, y con la calefacción del carro a todo lo que daba, no pudo evitar bostezar, y unas cuantas lágrimas asomaron por el rabillo de sus ojos.

Mientras conversaban, su cabeza se ladeó y se apoyó en el respaldo del asiento, y su respiración se fue haciendo más lenta y profunda.

Lázaro no la despertó; en cambio, redujo la velocidad y condujo con suavidad hasta el estacionamiento subterráneo.

Le dio otro beso en la mejilla tibia y le quitó las manos del cuello.

—Está bien, espera un momento.

Se dio la vuelta y tomó del asiento trasero un gorro, una bufanda y una chamarra de plumas.

Aunque había entrado a propósito en el estacionamiento subterráneo, todavía quedaba un pequeño tramo hasta el elevador. Afuera el frío era terrible, y no quería que a ella le diera frío.

Primero le puso el gorro, acomodándole detrás de las orejas unos mechones rebeldes.

Luego, tomó la bufanda de cachemira y, justo cuando iba a ponérsela, su mano se detuvo en seco.

En su mente, apareció sin poder evitarlo la imagen de la bufanda azul rey de punto grueso que llevaba Valentín Lucero en el cuello.

La mirada de Lázaro se ensombreció de golpe, como si le hubieran arrojado un brochazo de tinta negra.

Al segundo siguiente, lanzó la bufanda de vuelta al asiento trasero.

Solo tomó la chamarra de plumas y envolvió por completo el pequeño cuerpo de ella, ropa incluida.

Fue entonces cuando rodeó el carro hasta el asiento del copiloto, abrió la puerta, se inclinó para tomarla en brazos y caminó hacia el elevador.

***

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