Justo después de que entraran en el elevador, un Maybach se deslizó en un cajón de estacionamiento.
Las luces del carro se apagaron. Valentín, sentado en el asiento del conductor, miraba con ojos sombríos el Bentley que estaba delante.
Tras un largo rato, giró lentamente la cabeza y tomó del asiento del copiloto una estampa sagrada.
Era una que había pedido después de que Karina y Lázaro se fueran.
Quería preguntar si él y Karina podrían, como tanto deseaba, reavivar su historia.
Pero la caja de votos le había dado una de mal augurio.
Su rostro se ensombreció en el acto y, imitando a Karina, eligió directamente de la caja una estampa de buen augurio para sí mismo.
Llevó la estampa para ver al Padre Prado.
El sacerdote, desgranando las cuentas de su rosario, le dijo con una voz serena, pero cargada de significado:
—Hijo mío, lo que pides es como un reflejo en el agua, algo que ya es parte del pasado. Ya que has recibido la gracia de renacer, deberías valorar el presente. No insistas más, es momento de que recapacites.
El corazón de Valentín dio un vuelco.
—¿Por qué dice eso, padre? ¿Y si insisto en intentarlo de nuevo?
Los ojos turbios del Padre Prado, que parecían capaces de ver a través de todo, lo observaron en silencio mientras fruncía ligeramente el ceño.
—Cada persona tiene su propio camino, y cada elección, sus consecuencias. Tu obsesión se ha convertido en tu propia cárcel. La voluntad de Dios tiene sus designios; forzar un cambio solo atraerá malos resultados y, al final…, un destino trágico.
Al oír esto, Valentín soltó una risa fría.
—Solo se fija en la estampa mala para dar su interpretación, ¿por qué no mira esta que es buena?
—¡El supuesto destino no es más que la excusa con la que se consuelan los cobardes!
El Padre Prado frunció aún más el ceño y se limitó a negar con la cabeza.
—Esta estampa no corresponde con tu camino. Me temo que se cayó por accidente, no es tu verdadera guía. Por favor, devuélvela a su sitio.
—¿Que la devuelva?
Valentín reaccionó como si hubiera oído el chiste más grande del mundo. Apretó ambas estampas en la palma de su mano, con una mirada siniestra.
—Nunca he creído en el destino. Mi destino solo lo controlo yo.
Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó. Al pasar junto a un bote de basura, arrojó dentro la estampa de mal augurio.
En ese momento, la estampa buena que sostenía con fuerza en la mano mostraba un mensaje claro:
[Como el águila que extiende sus alas y surca los cielos; una unión bendecida, en perfecta armonía; una familia próspera, con bendiciones eternas.]
Carrera, matrimonio, familia, descendencia… todo auguraba el mayor de los éxitos.
El hombre la miró con sus ojos oscuros y profundos, en los que se agitaba una tormenta de emociones que ella no lograba comprender.
De repente, sin decir palabra, se agarró el borde del suéter de cuello alto, se lo quitó de un tirón y lo arrojó a un lado.
Dejó al descubierto su largo cuello y dijo con voz ronca:
—Para que me lo devuelvas.
—…
Karina se quedó sin palabras, sin entender en absoluto a qué venía esa locura.
Le espetó molesta:
—¿Estás loco? ¿Y si vas así a la base y te ven tus compañeros?
La mirada de Lázaro se posó en la marca roja y evidente que había dejado en el níveo cuello de ella, y sus ojos se oscurecieron aún más.
—No me importa.
Total, ella nunca le había regalado una bufanda tejida a mano.
A ella no le importaba en lo más mínimo si él llevaba algo en el cuello o no.
***

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