Al otro lado de la línea se hizo el silencio.
Después de varios segundos, Beatriz dijo con resignación:
—Karina, aunque te quiero mucho, no te metas en mis asuntos familiares, por favor.
A ella también le parecía extraño. Karina siempre había sido muy prudente, ¿por qué insistía tanto en que se divorciara?
Se suele decir que hay que mediar para reconciliar, no para separar, pero ella parecía ser la excepción.
Karina, sin embargo, frunció el ceño preocupada.
¡Faltaban menos de tres meses para que ocurriera aquella terrible tragedia!
Si Beatriz no se divorciaba de ese miserable, era muy probable que…
—Bueno, te dejo —dijo Beatriz de repente con un tono más alegre—. Ya regresó mi esposo. No te preocupes, nuestra relación va muy bien.
Dicho esto, y sin darle oportunidad a Karina de responder, colgó el teléfono.
Karina apretó el celular, con el ceño profundamente fruncido.
Incluso cuando la mano de Lázaro volvió a posarse sobre ella, acariciándola suavemente con la yema de los dedos, ya no sentía el mismo interés.
Toda la pasión se había apagado por la preocupación que sentía en su corazón.
Lázaro notó su distracción y su voz sonó molesta.
—¿Estás pensando en lo de Fátima?
La giró para que quedara frente a él.
—En cuanto a Fátima, le avisaré a la gente del ejército para que ubiquen su posición. Todo se hará según tu plan.
—No te distraigas. —Inclinó la cabeza, y su aliento ardiente rozó sus labios—. Concéntrate.
Justo cuando esos labios sensuales estaban a punto de besarla, Karina de repente levantó las manos y le sostuvo el rostro.
—No es eso lo que me preocupa.
Lázaro se detuvo, sus ojos oscuros la observaban.
Los ojos de Karina estaban llenos de inquietud.
—Me preocupa Beatriz. Su actual esposo la está engañando, y temo que pueda hacerle daño por la otra mujer.
Lázaro arqueó una ceja, con un tono indiferente.
—Beatriz no es una niña de tres años, puede resolver eso por sí misma.
—Ya la localizaron. Está en un pequeño hotel en las afueras de Villa Quechua. Te envié la ubicación.
Los ojos de Karina brillaron. De inmediato, reenvió la ubicación a Hugo con un breve mensaje: [El equipo de reporteros ya puede salir.]
Una vez hecho esto, se recostó en la silla y suspiró aliviada.
Si Fátima se hubiera quedado escondida, el escándalo sobre ella en internet pronto habría sido eclipsado por nuevos chismes.
Pero no, ella tenía que salir a hacer de las suyas.
Entonces, haría que la opinión pública creciera como una bola de nieve.
Por más astuta que fuera Sabrina, no podría silenciar a todo el mundo.
Si quería ayudar a Sergio a llegar a ese puesto, tendría que demostrar si era capaz de callar a todo el país.
Mientras pensaba, una sombra se cernió sobre ella.
Lázaro se había acercado sin que se diera cuenta y se inclinó hacia ella.
—¿Terminaste?
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador