En el hospital, Eloísa, que ya había sido notificada, esperaba en la entrada de urgencias.
Revisión, diagnóstico, suero, todo en una secuencia perfecta.
Una vez que la condición de Karina se estabilizó un poco, Eloísa la instaló en una habitación VIP.
—La paciente necesita reposo absoluto en cama, nadie puede molestarla.
Incluso a Yolanda la «invitaron» a salir de la habitación sin contemplaciones.
Yolanda miró a la impasible Eloísa, sintiéndose cada vez más insegura y nerviosa.
Belén la agarró rápidamente y la consoló en voz baja:
—Señora, no se preocupe.
—He preguntado, la doctora Eloísa era una médico militar muy competente y ahora es la médico de cabecera de Kari. Con ella aquí, Kari y los bebés estarán bien.
Belén también quería decirle a la señora que la doctora Eloísa había recibido órdenes directas del señor Iker.
Debía hacerse cargo de la salud de Karina y de los fetos en su vientre, y si algo salía mal, ella asumiría las consecuencias.
Por lo tanto, Eloísa no se atrevería a hacer ninguna tontería.
Pero no se atrevió a decirlo.
La señora estaba muy en contra de la familia Juárez en ese momento, y mencionar cualquier cosa relacionada con ellos sería como echar leña al fuego.
Poco después, se escucharon unos pasos apresurados al final del pasillo.
Lázaro había llegado.
Vestía de civil, pero su aspecto era de un desaliño nunca antes visto.
Tenía los ojos inyectados en sangre, el pelo revuelto y una barba incipiente y oscura en la barbilla, que, sin embargo, acentuaba sus rasgos, dándole un aire rudo y atractivo a la vez.
Yolanda casi no lo reconoció.
Pero solo fue un instante. Se recompuso y, cuando él se dirigía a grandes zancadas hacia la habitación, lo detuvo con voz fría.
—¿A qué vienes?
Lázaro se detuvo en seco, miró a Yolanda y la llamó con voz ronca:
—Mamá, voy a ver a Kari.
—¡No me llames mamá!
—¡No soy digna de ser tu madre! ¡Y nuestra Kari no es digna de ser tu esposa!
—A partir de ahora, no tienes que venir a verla más. Prepararé un acuerdo de divorcio lo antes posible para que se separen.
Lázaro se quedó paralizado, sus ojos reflejaban una mezcla de incredulidad y dolor.
Belén corrió hacia él y lo agarró del brazo con cuidado.
—¡Primo, ven conmigo un momento!
Belén llevó a Lázaro al balcón del pasillo.
Con una rapidez vertiginosa, le contó todo lo que había pasado ese día, desde el regalo de la familia Juárez hasta el estallido de la señora y el susto que se había llevado Kari.
Lo miró, con los ojos llenos de urgencia y súplica.
—Primo, sé que quieres a Kari, ¿verdad?

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