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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 710

Al ver el mensaje que apareció en la parte superior de la tableta, Delfina sintió tanta rabia que casi escupe sangre sobre la pantalla.

¡Jamás en su vida había sufrido semejante humillación!

Que ella, la mismísima esposa de Iker, tuviera que disculparse con un par de mujeres de una familia venida a menos y rota, era más desagradable que tragarse una mosca.

Pero, ¿qué clase de vida había estado llevando estos últimos días?

Todas esas amigas que antes la adulaban se habían enterado de que le habían prohibido salir.

Incluso organizaron reuniones a sus espaldas, y quién sabe qué estarían diciendo de ella.

Además, sus fondos y fideicomisos estaban congelados.

Sin acceso a grandes sumas de dinero, ni siquiera podía organizar una reunión decente en su propia casa para contraatacar.

Los platillos en su mesa se habían reducido de más de una docena a solo ocho.

El dolor que sentía ahora era proporcional a la gloria que había tenido antes.

En esa enorme familia, la mente de su esposo estaba completamente absorta en su carrera política; no le prestaba la más mínima atención.

Su hijo era su único apoyo, la base de su estatus y posición.

Si no fuera porque tuvo un hijo tan excepcional como Lázaro, ¿cómo habría podido vivir tan cómodamente en la familia Juárez, con activos cientos de veces mayores a los de sus cuñadas?

Pero ahora, si su hijo le cortaba el acceso a los fondos, para el mundo exterior no sería más que una matriarca de adorno, una marioneta con un título vacío.

Esa sensación de humillación, de caer desde la cima, la estaba volviendo loca.

Así que aguantó.

Se inventó una excusa, agachó su orgullosa cabeza y se dispuso a actuar en esta farsa de disculpa.

¿Y cuál fue el resultado?

¡Ese par de ingratas no aceptaron su gesto, y su hijo encima la acusaba de no ser lo suficientemente «sincera»!

Delfina apretó la mandíbula con tanta fuerza que casi se rompe los dientes, pero tuvo que forzar una sonrisa aún más amable.

Reprimió la furia que la consumía y, a regañadientes, suavizó la voz.

—Señora Yolanda, o mejor dicho, consuegra… dime, ¿qué tengo que hacer para que me perdones mi comportamiento anterior?

Yolanda apretó los labios y, por instinto, miró a su hija.

Karina estaba sentada con las piernas cruzadas en la cama, su expresión tan serena como un lago profundo.

Habló con una voz fría pero clara, cada palabra resonando con firmeza.

—Primero: ya sea que nos estuviera poniendo a prueba o humillando, el daño ya está hecho. No la perdonaremos.

—Segundo: los hijos que llevo en mi vientre son míos. Jamás se los entregaré a nadie para que los críe. Espero que lo tenga claro desde ahora.

—Tercero: si se ha visto forzada a disculparse, no es necesario. No necesitamos este tipo de falsedades.

Capítulo 710 1

Capítulo 710 2

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