—¿A qué vienes? —Yolanda se levantó de inmediato, en estado de alerta—. ¿Es que nunca van a parar?
El mayordomo, con una tableta en la mano, se inclinó profundamente ante Yolanda y Karina, que estaba en la cama.
—Mis disculpas, señora Yolanda, señora.
Era la primera vez que se dirigía a Karina de esa manera.
Antes, siempre la había llamado «señorita Karina».
Ese repentino «señora» puso a Yolanda en máxima alerta.
El mayordomo se enderezó, manteniendo una actitud impecablemente respetuosa.
—Lo que la señora Juárez dijo e hizo hace unos días no fue porque despreciara a la familia Sierra, y mucho menos con la intención de humillarlas.
—Las estaba… poniendo a prueba.
—La señora Juárez se ha dado cuenta de que sus métodos fueron un poco drásticos y que causaron un malentendido entre usted y la señora, por lo que hoy ha venido especialmente a disculparse.
El mayordomo hizo una pausa y añadió:
—Sin embargo, el patriarca le ha prohibido salir, así que no puede venir en persona. Solo puede expresar sus disculpas a través de una videollamada.
Dicho esto, encendió la tableta que sostenía, y en la pantalla apareció al instante un rostro elegante y bien conservado.
La mirada de Karina se posó en ese rostro y sus pupilas se contrajeron bruscamente.
En su vida pasada, la primera dama que estuvo al lado de Iker y lo acompañó a la cima del poder no era esta mujer.
Aunque ya la había visto hacía unos días, su rostro le seguía pareciendo desconocido.
Giró la cabeza y miró a su madre, como pidiendo una confirmación.
—¿De verdad ella es… la señora Juárez?
La expresión de Yolanda era sombría. Instintivamente, apretó la mano de su hija y asintió.
¡No se creía ni por un segundo que esas palabras fueran una prueba!
Esa arrogancia, esas palabras hirientes y maliciosas, ¿cómo podían ser una prueba?
Pero, a decir verdad, sentía curiosidad por saber por qué esa mujer tan altanera se dignaba a disculparse.
La mujer en la pantalla comenzó a hablar con una voz sorprendentemente amable.
—Señora Yolanda, y Kari, ¿puedo llamarte así?
—Kari, antes que nada, quiero ofrecerles una disculpa formal por mi comportamiento anterior.
Era una disculpa, pero al mismo tiempo se colocaba en la posición de una jueza superior.
A Yolanda se le revolvió el estómago; todo le parecía absurdo y ridículo.
Su hija era la esposa legítima de Lázaro, no una mercancía en venta. ¿Por qué tenían que someterla a una «prueba» tan humillante?
Mientras tanto, fuera de la habitación.
Cuando el mayordomo entró, no cerró la puerta por completo.
Lázaro estaba de pie justo afuera.
Sostenía un enorme ramo de flores, con su cuerpo alto apoyado contra la pared, escuchando palabra por palabra la «sincera» disculpa de su madre.
Lázaro frunció lentamente el ceño.
Sacó su celular y sus dedos teclearon a toda velocidad.
Envió un mensaje directamente.
[¡Tu actitud no es lo suficientemente sincera!]
***

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