El asistente, a sus espaldas, mostró preocupación.
—Señor Francisco, si vamos a buscar a la señorita Karina así, sin más, cuando el señor Lázaro se entere… ¿no se enojará?
La mirada de Francisco se volvió gélida.
—Por culpa de una mujer, ha perdido la cabeza.
—Este paso, tengo que darlo por él.
***
Privadas del Lago, mansión Sierra.
Dos carros llegaron al estacionamiento casi al mismo tiempo, deteniéndose uno detrás del otro.
Yolanda Sierra acababa de bajar de su carro cuando vio a Francisco, a quien ayudaban a bajar del vehículo de atrás y a sentarse en su silla de ruedas.
Francisco también la vio. Maniobró la silla para acercarse y asintió levemente.
—Señora Yolanda, mucho gusto. Soy Francisco, el hermano mayor de Lázaro.
Se presentó primero y luego, con un tono sincero, se disculpó.
—Mi madre fue muy descortés la última vez. En su nombre, le pido una disculpa.
—Hoy me he tomado la libertad de venir sin avisar porque hay algunos asuntos que me gustaría discutir con la señorita Karina.
Su actitud era tan sincera y respetuosa que Yolanda, que inicialmente pensaba negarle la entrada, no encontró motivos para hacerlo.
Observó al hombre que tenía delante, de facciones amables y aire sereno, y se limitó a decir:
—Primero necesito preguntarle a mi hija si quiere recibirlo.
Yolanda le pidió al mayordomo que fuera a avisarle.
El mayordomo regresó al poco tiempo e informó con respeto:
—Señora, la señorita dice que está dispuesta a recibir al señor Francisco.
Yolanda guio a Francisco hacia el interior.
Atravesaron un elegante patio y, en la sala, Karina ya los esperaba sentada en un sofá.
Llevaba un conjunto holgado y suave de color marfil, el pelo suelto sobre los hombros y el rostro sin una gota de maquillaje, lo que no lograba ocultar su delicada belleza.
Al verlos llegar, no se levantó; simplemente asintió con la cabeza.
Francisco se acercó con su silla de ruedas hasta quedar frente a ella y sonrió amablemente.
—Veo que se está recuperando muy bien, señorita Karina.

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