Al otro lado del teléfono, la anciana seguía insistiendo.
—¿Mañana no puedes? ¿Y pasado mañana? ¿Y el día que sigue? ¿Tampoco puedes?
—Mi niña, ¿estás muy ocupada con algo importante? ¿Cómo es que nunca tienes tiempo?
—¿Será que ese mocoso te está molestando? ¡Dime y le doy otra paliza con el bastón!
Quién sabe qué le dijo Karina, pero la voz de la anciana se elevó de repente, llena de una grata sorpresa.
—¡Que mañana sí puedes! ¡Qué maravilla!
—¡Entonces tienes que venir temprano! Las acelgas más frescas y tiernas son las de la mañana. Te las voy a guardar, ¡son las más ricas!
Cuando colgó, la anciana todavía abrazaba el celular, con una sonrisa que le marcaba todas las arrugas de la cara.
Lázaro, que había escuchado toda la conversación, tenía la mirada oscura e indescifrable, un torbellino de emociones agitándose en sus profundos ojos negros.
No se quedó más tiempo. Se dio la vuelta y comenzó a caminar.
—Lázaro, detente.
Apenas había cruzado el portón del patio cuando una voz serena y firme sonó a su lado.
Lázaro se detuvo, pero no se giró a mirar. Su rostro mostraba una clara impaciencia.
El sonido de una silla de ruedas se acercó hasta detenerse a su lado.
Francisco Juárez, sentado en la silla, miraba con impotencia la figura erguida de su hermano y extendió la mano hacia su asistente.
El asistente le entregó un folder de inmediato.
Francisco se lo tendió a Lázaro.
—Ya es hora de que la abuela y tu esposa firmen esto.
Lázaro siguió sin mirarlo y, por supuesto, sin tomar el folder. Su voz era tan fría como el hielo.
—Todavía no es el momento.
Francisco arqueó una ceja, y su tono adquirió un matiz afilado.
—¿Y cuándo será el momento?
—¿Cuando la abuela esté tan confundida que ya no se acuerde de las acciones y ni siquiera pueda escribir su nombre?
Se acercó un poco más, casi rozando la pierna de Lázaro con la silla de ruedas.
—Lázaro, llevas dos días sin contestar mis llamadas ni mis mensajes. Tuve que venir a buscarte personalmente.
—¿De verdad estás dispuesto a olvidar la venganza por Boris, solo por esa mujer?
—No lo olvidaré —la voz de Lázaro sonaba contenida—. Pero la abuela está estable por ahora. Podemos esperar unos días más.
Seguía convencido de que Lázaro se había enamorado de verdad de Karina.
Y por eso no se atrevía a revelarle un propósito tan lleno de cálculo.
Su padre ya le había asignado a Karina el mejor equipo médico del país, disponible las veinticuatro horas, para garantizar su seguridad y la de los bebés.
Incluso si ella se enteraba de la verdad y volvía a alterarse, era imposible que algo grave sucediera.
Pero él usaba eso como excusa.
Francisco giró la silla de ruedas y siguió con la mirada la figura de Lázaro que se alejaba.
Lo vio subirse a un Bentley blanco, un carro que no encajaba en absoluto con su personalidad.
Sabía que ese carro se lo había regalado Karina.
Tenía opciones mucho más adecuadas en su garaje, como el misterioso Rolls-Royce Boat Tail o la robusta camioneta G63 de líneas agresivas.
Pero él insistía en conducir solo ese.
Francisco apretó los labios, y una sombra de determinación cruzó por sus ojos.
—Vamos a Privadas del Lago.
***

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