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Renacer en el Incendio: Me Casé con Mi Salvador romance Capítulo 958

Karina volvió a negar con la cabeza y puso la mano sobre el documento para detenerlo.

—Hagamos esto.

—Yo me quedo con el cuarenta y nueve por ciento de acciones por aporte técnico, y tú recuperas ese cincuenta y uno por ciento.

Al ver que Lázaro volvía a fruncir el ceño, listo para replicar, Karina se adelantó.

—Tú creaste la empresa solo, yo no ayudé en nada al principio.

—Además, yo me encargaré de la parte técnica en el futuro, pero el trabajo sucio y pesado lo tendrás que hacer tú.

—Al que más trabaja le toca más, es lo justo.

Lázaro la miró, impotente ante su terquedad.

Eran esposos, ¿qué necesidad había de dividir todo tan meticulosamente?

Justo cuando iba a intentar convencerla, la voz de Karina bajó de volumen.

—Y además... Lázaro, tu enemigo es Francisco Juárez.

Al mencionar ese nombre, el aire pareció enfriarse unos grados.

—Él tiene todo el poder en el Grupo Juárez ahora mismo, es como una montaña difícil de escalar.

—Si quieres vengarte, necesitas tener algo sólido en las manos.

—Si no tienes el control total de esta empresa, el día que quieras mover capital para atacarlo, tendrías que pasar por mi aprobación en la junta directiva. Es demasiado lío.

—Necesitas un arma que te obedezca ciegamente para poder bajarlo de ese pedestal en el que está.

—¿No crees?

Lázaro la miró, y algo tembló en lo profundo de sus ojos negros.

No esperaba que Karina hubiera pensado tan lejos por él.

Lázaro tragó saliva y la miró intensamente.

Después de un largo silencio, finalmente dejó de insistir.

—Está bien, como tú digas.

Su voz sonaba un poco ronca. Tomó el documento, se levantó y caminó hacia la puerta.

El asistente que esperaba afuera se acercó de inmediato.

Lázaro le entregó el archivo y le dio instrucciones en voz baja para modificar las cláusulas.

El asistente asintió y se marchó apresuradamente con los papeles.

Cuando Lázaro regresó al escritorio, vio que Karina ya había abierto los archivos del proyecto de JS Technologies y los leía con total concentración.

Lázaro sonrió levemente y se dirigió hacia la estantería.

Con un suave «clic», abrió un compartimento oculto.

De ahí sacó una caja que también había preparado hacía tiempo.

—Una versión personalizada de una Baby Browning.

Lázaro se apoyó en el borde del escritorio, mirándola con calma.

—El cuerpo es de aleación de titanio de grado aeroespacial, aligerado. El retroceso es mínimo, muy adecuada para ti.

—Es la única en el mundo.

El corazón de Karina latía rápido.

Descubrió que bajo el forro de la caja había varios documentos y cargadores.

Sosteniendo el arma con una mano, tomó los papeles y los hojeó.

Cada página la sorprendía más.

No solo estaban los diagramas estructurales completos del arma, sino también un permiso especial de portación con el sello de una organización de seguridad internacional.

La foto y el nombre en el documento eran los suyos, claros e inequívocos.

Karina miró a Lázaro, incrédula.

—¿Puedo... llevarla conmigo?

Lázaro asintió, con una mirada profunda y solemne: —Es posible que tengamos que regresar al país pronto. Tenerla contigo te ahorrará problemas innecesarios y será tu última línea de defensa.

—En nuestro país las armas están prohibidas, pero ese sello representa una autorización legal reconocida por convenios internacionales. Mientras no infrinjas la ley, es tu respaldo más legítimo en caso de necesidad.

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