La voz de Julián sonó más gélida que nunca. Solo de saber que Vanesa había estado allí, sus pupilas se dilataron y una furia incontenible emanó de él.
En su vida pasada, aparte del desprecio que sentía por Mauricio, Vanesa era la persona a la que Julián más odiaba en el mundo.
Esa mujer era un peligro andante. Con tal de acorralar a Mauricio para que se casara con ella, era capaz de cometer las bajezas más oscuras, incluso drogarlo a él para que terminara en la cama con alguien.
De hecho, la primera vez que Julián intimó con Ana fue por culpa directa de las intrigas de Vanesa.
En aquel entonces, Vanesa había intentado sobornarlo para traicionar a Mauricio, pero él se negó. Estaba a punto de renunciar al corporativo para fundar su propia empresa. Personas nacidas en cuna de oro, como Mauricio y ella, jamás entenderían que la única forma que tenía alguien de clase baja para escalar socialmente era rompiéndose la espalda para ganar experiencia e infiltrarse en las altas esferas.
En la vida anterior, antes de lograr su independencia, Julián había sido víctima de un montón de trampas puestas por Vanesa. Había esquivado muchas, pero no pudo librarse de la noche en que le echó droga en la bebida.
Tanto en la vida pasada como en esta, Julián jamás tuvo la intención de involucrarse románticamente con Ana.
Todo su esfuerzo por forjar un imperio empresarial tenía un solo objetivo: alcanzar la independencia financiera para ir en busca de Ximena. Pero el maldito plan de Vanesa terminó juntándolo con Ana en la cama. Desde ese instante, Julián sintió que había traicionado a su verdadero amor.
Aunque en su vida anterior no había mantenido contacto con Ximena, siempre la vigilaba desde las sombras, esperando el momento de alcanzar la cima para llevarla a vivir con él. Estaba a punto de romper su matrimonio con Ana para hacerlo, pero el sentimiento de culpa por aquella infidelidad forzada lo hizo dudar, perdiendo un tiempo valioso. Esa demora le costó caro: Ximena enfermó gravemente y falleció.
Cada vez que Julián recordaba a su amada Mena muriendo lentamente, sumida en la desesperación y el dolor, sentía unas ganas irrefrenables de estrangular a Ana con sus propias manos.
Aborrecía a Ana, pero su asco hacia Vanesa no tenía límites.
Estaba seguro de que Vanesa no había pisado el instituto de casualidad. Menos mal que había reconocido a su asistente. Ese mismo tipo le había hecho la vida imposible en el pasado bajo las órdenes de su jefa; lo habría reconocido aunque estuviera convertido en cenizas.
El hombro de Ana aún estaba adolorido por los empujones que Quintino y sus matones le habían dado días atrás. El brusco impacto contra la pared propinado por Julián le provocó un dolor tan agudo que comenzó a sudar frío.
Deslizándose contra el muro hasta quedar en cuclillas, se mordió el labio para contenerse. Quería gritarle en la cara que era un enfermo mental, pero el punzante dolor le robó la voz.
Al ver su rostro pálido y perlado de sudor, Julián sintió una fugaz punzada en el pecho, pero no movió ni un dedo para ayudarla; la miró con absoluto hielo en la mirada.
Ana siempre había sido extremadamente sensible al dolor. En su vida pasada, un simple corte con un cuchillo de cocina bastaba para hacerla llorar a mares.
En aquel entonces le parecía un comportamiento patético, y ahora pensaba exactamente lo mismo.
—Ana, déjate de teatros y contesta. ¿Crees que fingiendo que te duele vas a darme lástima? —No sentía ni una gota de piedad. En la otra vida fingía preocuparse solo para mantener las apariencias; en esta, su sola presencia le daba náuseas.
Si creía que haciendo pucheros iba a ganar su compasión, estaba muy equivocada.
Ana soltó una carcajada cargada de rabia.
Cuando el calambre en su hombro cedió un poco, se puso de pie lentamente. Lo miró con profundo desdén. —Julián, ¿de qué basurero sacas esas ideas? ¿Cuándo en la vida te has preocupado sinceramente por mí? Ahórrate el discursito, porque si alguna vez lo sentiste, a mí me daría asco saberlo.

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