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Renacer: Reina de Oro, Ex de Barro romance Capítulo 3

Sin embargo, Julián no la soltó como ella le pidió; al contrario, la abrazó aún más fuerte y dijo:

—Mena, perdóname. En esta vida, te juro que jamás volveré a fallarte. Te trataré como a una reina, mi Mena.-

Julián juró para sus adentros que, además de prohibirle a Ana meterse en su vida, le daría a Ximena todo su amor, ese mismo amor que Ana jamás había tenido.

Ximena se quedó petrificada.

¿Acaso Julián se había vuelto loco?

¿Tratarla como a una reina?

Por favor, ¡si ella ni siquiera había aceptado ser su novia! O más bien, ¿cuándo se le había declarado siquiera?

Aunque… Ximena sonrió levemente. El repentino interés del chico más inteligente de la escuela era extraño, pero tampoco era nada malo.

—Julián Ledesma, ¿acaso los exámenes te fundieron el cerebro? ¿De verdad te vas a ir a una universidad de cuarta solo por seguir a la mosquita muerta de Ximena? —le soltó Tatiana, que estaba junto a Ana, convencida de que Julián había perdido un tornillo.

—¡Cállate la boca y no te atrevas a insultarla! ¡Sé perfectamente lo que hago! —El fuego en sus ojos parecía capaz de calcinar a Tatiana. Luego, mirando de reojo a Ana, quien tenía el rostro manchado de sangre a su derecha, enfatizó—: Estoy más lúcido que nunca. Jamás en mi vida lo había estado tanto.

—Ana Nogales, supongo que no tengo que enseñarte cómo hacer las cosas —dijo, agarrando a Ximena de la muñeca para llevársela, dejando claro con su amenaza que si se atrevía a irle con el chisme a su madre, lo pagaría caro.

—¡Julián Ledesma, de verdad perdiste la cabeza! Ana…

Tatiana seguía muy preocupada, pero Ana se mordió el labio y le respondió:

—Tati, ya somos adultos. Que cada quien asuma las consecuencias de sus actos.

Ella no se iba a meter; no valía la pena y él mucho menos lo merecía.

Ana fue a la enfermería para que le curaran la herida y luego se dirigió a casa.

El barrio era conocido como una de las colonias más humildes de Puerto de la Ribera.

Sin embargo, este lugar atraía mucha atención porque ahí vivía Julián Ledesma, el mejor estudiante de toda la generación.

La madre de Julián, Beatriz, tenía un puesto en el mercado del barrio donde vendía desayunos para los vecinos.

Cerraba todos los días alrededor de las cinco de la tarde, y Ana siempre pasaba a ayudarla después de clases si no tenía nada más que hacer.

Aunque Ana no tuvo el amor de una madre, su padre jamás dejó que le faltara nada.

Mateo trabajaba de eventual: si había trabajo cargando bloques en alguna obra, iba; si no, se quedaba en casa o le ayudaba en el puesto a Beatriz.

Al escuchar a Mateo alarmarse por la herida de Ana, la madre de Julián soltó lo que estaba haciendo y salió corriendo.

Doña Beatriz era una mujer muy atractiva. A sus más de cuarenta años, se conservaba estupenda y era conocida en el barrio como "la reina de los desayunos".

El atractivo físico de Julián era una herencia directa de ella.

—Ana, ¿cómo te lastimaste? Ay, Dios mío, deja que te vea. Falta tan poco para el examen, esto no puede distraerte —mientras hablaba, en sus ojos no había ni una pizca de preocupación genuina por la herida de Ana, sino que miraba nerviosa a todas partes—. ¿Y Julián? ¿Por qué no regresó contigo?

Ana no dejó que Doña Beatriz le tocara la frente, sino que jaló a su padre hacia ella:

—Doña Beatriz, vine a informarle que, a partir de hoy, adónde vaya Julián después de clases, qué haga los fines de semana, o con quién se junte y cómo vayan sus estudios, ya no me interesa en lo absoluto. Además, mi papá tampoco vendrá más a ayudarle a su puesto.

Esa víbora de Doña Beatriz había tenido mucho que ver en todas las humillaciones de su vida pasada. Ahora que tenía una segunda oportunidad, sería la primera a la que pondría en su lugar.

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